Uno de Villarino detrás del charco

DIARIO DE UN ESPAÑOL EN MANIZALES

Uno de Villarino detrás del charco


lunes 7 enero, 2013

Creo que en el avión de Avianca ya no había más películas que ver, más pasillos que pasear ni más asientos que horadar hasta hacerte tan pequeño que no puedes ni quedarte dormido

Creo que en el avión de Avianca ya no había más películas que ver, más pasillos que pasear ni más asientos que horadar hasta hacerte tan pequeño que no puedes ni quedarte dormido

Son las siete y media de la tarde y es la primera vez que me siento en tres días. Ando desorientado con la hora, tengo sueño cuando debo currar y me desvelo al acostarme, pero eso es lo de menos en un viaje a la dispar y curiosa Colombia.

Dispar porque no hay dos ciudades iguales. Curiosa porque aún no he encontrado ni una falta de amabilidad en nadie. En Colombia, digo, porque en España, en el aeropuerto, comenzaron nuestras desventuras al tener que despedir en tierra a David Jaramillo, que orquestó prácticamente esta expedición y sintió después el mordisco de la burocracia. Esa no sabe de ternuras…

Diez horas y media duró el vuelo hasta Bogotá. Creo que en el avión de Avianca ya no había más películas que ver, más pasillos que pasear ni más asientos que horadar hasta hacerte tan pequeño que no puedes ni quedarte dormido. Ni un cachito de turbulencia que sobresaltase el tedio. Hasta que pisamos tierra y comenzó la relación turbulenta de Rosario Pérez con la autoridad… Casi tres cuartos de hora y el concurso de un grafólogo para confirmar que la firma de su pasaporte era realmente suya. «Si se lo había dicho yo desde el principio», protestaba ella mientras contemplaba cómo detenían delante de ella a un sospechoso de asesinato. Esto es Colombia. Casi na…

Pero mientras ocurría todo eso yo veía pasar los minutos entre el sueño esperando mi maleta en la interminable cinta. Ni la maleta ni mis compañeros de viaje terminaban de aparecer. Y yo buscaba puertas, enseñaba mi pasaporte nuevo -que ya tiene una muesca-, rellenaba declaraciones, respondía preguntas y buscaba la salida. Uno de Villarino en Bogotá, qué les voy a contar…

Fueron muy pocas las horas que pasamos en la capital del país. Las suficientes para instruirnos en geografía, comprender las enormes distancias que separan las ciudades y la peculiar orografía colombiana, y desvirgarnos -claro está- en la cata de la Club Colombia. Gran cerveza, sí señor. Aunque te la tomes con los ojos como platos a las nueve de la noche de un día que tu bioritmo ha parado en la hora 32. A dormir.

Porque fue grande el madrugón para viajar a Manizales. A las cinco habíamos dado orden en recepción de que nos despertasen. A menos cuarto ya estaba tan activo como lo estaría a las once de la mañana que marcaba el reloj español. Hasta a un conocidísimo cantante colombiano conocí en el vuelo. Andrés Cepeda, para más señas. Pero como es tarde y ya he visto a Eduardo Gallo descerrajar la puerta grande de esta coquetísima plaza, me vais a permitir que os cuente mañana cómo se inició esta andadura genial. Ahora me llaman las sábanas, que todavía no me he hecho muy amigo del cambio horario.

Como comienzo, yo creo que ya está bien. Hasta mañana.