El desplazamiento forzoso

EL APUNTE DE JUANGUI - MEDELLÍN

El desplazamiento forzoso


domingo 15 febrero, 2015

Siempre que termina una temporada, el corazón le abre la puerta a la nostalgia. Una serie de imágenes desfilan por la sala de proyecciones de la mente

Siempre que termina una temporada, el corazón le abre la puerta a la nostalgia. Una serie de imágenes desfilan por la sala de proyecciones de la mente

Despido con abrazos a los nuevos vecinos de localidad (a Gabriel y a Rodrigo), cruzamos ofertas de encuentros que nunca se harán realidad, y me refugio, por inercia emocional, en los eternos amigos del toro, en los auténticos de siempre.

Mi padre me llevó a una plaza de toros para que aprendiera a jugarme la vida convalor y dignidad.

Mi adolescencia se desarrolló en esta plaza de vicio. El antiguo balcón de sol de la vieja Macarena –antes de que le metieran implantes de seno en el segundo piso como toda antioqueña hermosa que se irrespete– fue escenario de mis fiestas universitarias. Bajo el efecto implacable de enlaces covalentes de la familia de los alcoholes, cultivé amores, acumulé resacas, pedí indultos y premié con orejas decenas de ballets aliviados con el pico de la muleta.

Me hice acomodador (taurino acomodado) para poder ver las corridas con subsidio. La mejor escuela de aficionados inventada hasta el momento me presentó nuevos amigos, con los que también destilé emociones de afecto y de pasión. Eran locos como yo, con las mismas ganas de consumir desaforadamente.

Hola, me llamo Juan Guillermo y soy adicto.

¡Bienvenido, Juan Guillermo! (Aplausos)

En las afueras de esta plaza vi volar en átomos los cuerpos de amigos, carbonizados bajo el efecto del Napalm que los narcotraficantes lanzaron desaforadamente en su guerra contra las fuerzas del orden (llamémoslas así).

En este lugar brinqué con mis ídolos del rock y empeñé mi garganta para repetir sus letras de emancipación y sueños libertarios que invitaban a construir un mundo mejor.

En sus viejos palcos de madera astillada, refiladas por el viejo Aranguito, empecé a balbucear comentarios a través de la radio y a llenar de apuntes unas libretas…

Las abreviaturas sobre la corrida de ayer me recuerdan que cada uno de los toreros pudo ejecutar una faena destacada. Que Libardo toreó realmente bien, con los mismos aires y trazos delicados y profundos de las figuras. Que los colombianos también pueden hacer milagros, cual Julián, como hacer embestir en muchas ocasiones a un toro sin fuerzas.

Las notas afirman que Castella se enfrentó al palco presidencial con un discurso de ganas y series robadas ante un toro intermitente que se quería rajar. El presidente, en ejercicio de la soberanía y de la soberbia, le negó la música; pero, ante la contundencia del discurso y los gritos de los judíos que pedían a Barrabás, se lavó las manos y no tuvo más remedio que entregarle la oreja que se había ganado a ley.

Los apuntes dicen que Fandiño realizó la faena con el capote más hermosa de la temporada. Versó estrofas de chicuelinas, tafalleras y espaldinas, y ligó pases cambiados de alto riesgo con derechazos y naturales al ralentí, los cuales supo repetir a pesar de que el toro se fue quedando corto.

Esta semana, el director de Cormacarena, Santiago Tobón, anunció suposible dimisión al cargo. En realidad todo depende de la decisión que tome el hospital San Vicente de Paúl, copropietario de la plaza, de continuar o no organizando la feria taurina. En esta sociedad del qué dirán, cualquier presión, así sea minoritaria, puede ser acogida en defensa de una supuesta moral. La sociedad de la censura cultural podría empezar a ser una realidad.

Ya vendrán los análisis estadísticos, el árbol de problemas y las lluvias de ideas. Desde ya se escuchan rumores. Ofrecen el panorama más oscuro, el de la dictadura cultural, el desplazamiento forzoso y la inquisición, o el anunció de un nuevo mesías –proveniente de España, de Méjico o de Colombia– que cargue sobre sus hombros el viacrucis de semejante responsabilidad.

Los médicos del hospital tienen la palabra. Ojalá recuerden que fueron los toreros, no los protestantes que se ensañan sobre nuestra fiesta sin ofrecerle opciones de vida al animal, quienes visitaron sus pequeños pacientes, acariciaron sus rostros, les infiltraron esperanza y les provocaron sus últimas sonrisas. Ojalá la peste del olvido (y el acomodamiento social) no los haga ¡de rehabilitación que se pudieron comprar, en épocas menos fértiles, gracias a las transferencias que la feria taurina le hizo al hospital. Sus arcas, hoy por fortuna más boyantes, se lucran con las utilidades que el centro de espectáculos les da. La plaza de toros fue un regalo de taurinos filántropos,cuyo aporte no se puede ahora desconocer. Sería cruel, mucho más cruel que la corrida, permitir el desplazamiento cultural.

«¡Oh, libertad que perfumas las montañas de mi tierra

Deja que aspiren mis hijos tus olorosas esencias!”

Himno antioqueño (Epifanio Mejía)

La libertad y la gratitud están en juego. Si se empeñan, por temor o por moda, la vida de esta sociedad jamás volverá a ser igual.

7.05 de la noche. Iván Fandiño abandonó el ruedo entre aplausos.

7.06 de la noche. La banda de músicos dejó de tocar.

Busco a mis hermanos, a los antiguos acomodadores. En las afueras de la plaza, del templo, grupos de devotos de otras familias permanecen en actitud de recogimiento y oración. Los abrazos combaten el frío gélido del corazón. Nadie se quiere ir. Nunca nos queremos ir de este lugar.

8.30 de la noche. La miro de reojo en varias ocasiones: monumental desde el pastizal, hermosa entre los árboles vista desde el puente peatonal. Hasta que se oculta definitivamente.

El silencio.

La oquedad.

La esperanza (Macarena).

El amor más puro.

Las lágrimas…

FICHA DEL FESTEJO

Feria de la Macarena 24ª(70 años). Quinta corrida. Sábado, 14 de febrero del 2015. Menos de tres cuartos de plaza del aforo disponible. Corrida concurso de ganaderías. Se lidiaron toros de Achury Viejo (sin recorrido), Santa Bárbara (devuelto por lesión), dos de La Carolina (el sobrero, serio, con trapío y con clase, a pesar de su poca fuerza) (y el cuarto, manso con juego), de Ernesto Gutiérrez (el tercero, noble y fijo, aunque sin chispa), de Fuentelapeña (manso y suelto) y de El Paraíso (manso e incierto).

Sebastián Castella: silencio y 1 oreja sin música.

Manuel Libardo: oreja y silencio.

Iván Fandiño: oreja y aviso.

El tercer toro recibió la vuelta al ruedo, inmerecida. El concurso de ganaderías se lo ganó nuevamente Miguel Gutiérrez.