Ecología, toros y niños

TOROS PARA NIÑOS

Ecología, toros y niños


lunes 15 junio, 2015

Para muchos, la ecología se basa en militar partidos o asociaciones donde unos estatutos indican el grado de implicación sobre la causa

Para muchos, la ecología se basa en militar partidos o asociaciones donde unos estatutos indican el grado de implicación sobre la causa

Curiosamente, suelen ser en la mayoría de
los casos, individuos que jamás han salido de la ciudad donde pacen y duermen,
y presumen de ser a la vez, unos superhéroes que vienen a salvar al mundo sin
que nadie se lo hayamos pedido.

Esta sociedad en la que nos toca vivir de
prestado, se rige por unas conductas que cada vez nos alejan más del entorno
natural que nos rodea, para concentrarnos en grandes urbes, muchas de las
cuales antes fueron pequeños pueblos, aniquilando el verdadero significado del
pasado del que venimos.

El peligro de esta situación reside en el
modelo artificial de mundo que se pretende trasmitir a las futuras
generaciones, hoy niños, donde el valor de lo auténtico se empieza a diluir.

Los huevos, dejan de venir de la gallina,
para convertirse en un alimento que «sale» de unas bandejas
dispuestas en estanterías del supermercado de turno. La carne, procede de un
gran mostrador donde unas tarrinas plastificadas herméticamente evitan la más
mínima coincidencia con la figura de terneros, cerdos o corderos.

La ecología verdadera es aquella que
respeta nuestro pasado rural, más o menos cercano, y que valora a su vez el
lugar que ocupa cada animal, árbol o metro cuadrado de monte, porque éstos son
aprovechados de manera responsable para el beneficio colectivo. Un rebaño de
vacas u ovejas que pasta en los bosques, no solo es rentable para su ganadero,
sino que también es el mayor protector de ese ecosistema manteniéndolo limpio
de maleza y pastos secos que pudieran ser auténtica dinamita en caso de
incendio, por poner un ejemplo.

 

 

 

Un legítimo ganadero, de esos que han decido
sacrificar toda su vida en vincular cada minuto de la misma en la cría de sus
animales, comentaba que donde hay toros, nunca se verán bolsas de plástico. De
manera más explícita, estas sabias palabras vienen a decir que donde pastan las
reses bravas es un terreno vetado para que la mano del hombre se pasee
arrasando y ensuciando cada metro a su paso.

Además, la cría del ganado de lidia se
suele presentar en terrenos marginales para la agricultura, zonas pobres para
los cultivos que son aprovechadas por la rusticidad de los animales.

Enlazando todos estos argumentos
expuestos, se puede considerar que la cría del toro de lidia supone un
beneficioso ejercicio de responsabilidad
con el medio ambiente y rural. El toro ocupa millones de hectáreas de terreno
en todo el mundo donde su sombra da cobijo a numerosas especies de todo tipo.
Dehesas, montes, marismas, campos de secano, vegas… diferentes medios y altitudes donde el toro de lidia presume de
ser el último animal criado por el hombre, al que la evolución de los tiempos,
y la industria, no ha violado ni un ápice su lujosa estancia terrenal.

Además, su crianza supone un modelo único
de manejo y de convivencia del hombre que lo cría con el medio que lo rodea. El
uso del caballo, previa doma vaquera, para el trabajo diario en los cercados,
resulta extraño en un mundo dónde la maquinaria ha finiquitado las caballerías
de establos y cuadras. O vivir en medio de la naturaleza, a cientos de
kilómetros del pueblo más cercano, se antoja caso extraño donde la población
emigra a grandes urbes llena de todo tipo de servicios.

 

 

 

Pero lo más interesante es la lentitud
con la que pasa el tiempo. En un mundo que cada vez se vuelve más sibarita y
que demando lo slow, como un modo más sostenible y beneficioso para las
personas (hoy una utopía) se desenvuelve una forma de vida donde el trabajo de
los hombres y su día a día con los animales pasa despacio, sin prisas. No hay
horarios ni calendario. Una faena dura el tiempo que es necesario hasta que se
finaliza, y para ello el temple es herramienta indispensable para vivir.

Los niños deben de conocer el medio rural
para después protegerlo. De allí venimos y allí están nuestras más profundas
raíces, y el toro bravo es un gran anfitrión para que los más pequeños conozcan
este espacio ecológico y cultural. De nada sirve en crear nuevas generaciones
de médicos, abogados o economistas si no son capaces de conocer, siquiera, de
dónde proceden los alimentos que se llevan a la boca.