La otra temporada

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EL REPORTAJE

La otra temporada


jueves 10 septiembre, 2015

Lejos de la televisión, revistas o portales de internet, se desarrolla la otra temporada, esa que circula por pueblos de todo el planeta taurino

Lejos de la televisión, revistas o portales de internet, se desarrolla la otra temporada, esa que circula por pueblos de todo el planeta taurino
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A un lado u otro del Atlántico, y siempre
con el sabor que ofrece lo auténtico, lo imprevisible, lo que está exento de
protocolos que miman los edulcorados cimientos de lo artificial. Allí se desarrolla la otra temporada.

Esta historia puede comienzar en un
pueblo serrano cualquiera, de los que el mapa podría situar en la provincia de
Teruel, Cuenca o Guadalajara. Pueblo rudo, esculpido a base de largos inviernos
helados al fuego de la chimenea, y que convierte los estíos en escaparate para
la celebración de sus fiestas patronales.

Llegamos a las doce menos unos pocos
minutos, los justos que nos acercan a «en punto» a las afueras del
municipio donde hace varias décadas se construyó una plaza de toros, ejemplo
que ilustra la gran afición desmedida de los pueblos serranos por el toro.

Bajo un sol que cae a plomo nos colocamos
en las duras tablas que delimitan la manga por la que un inminente tropel de
bueyes, caballos y novillos desembocará en el ruedo bajo la mirada de gentes
llegados de los pueblos colindantes y de turistas, muchos turistas, que dan
vida a estos lugares hasta que los primeros aires fríos pregonen las nieves que
cubrirán con un manto blanco los pinares que nos rodean. Los encierros a
caballo son la seña de identidad más fuerte de la que pueden presumir muchos
pueblos de las serranías.

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A lo lejos, el gentío se anima y nos
hacen intuir la llegada inmediata de la manada. Los gritos de los vaqueros y el
sonido rotundo de los cencerros nos encogen el alma, mientras cientos de
corredores se apresuran en tomar la puerta de la plaza donde tomar sitio
seguro.

Ya llegan. Cabestros gigantescos
acompañan en una carrera alegre a los erales que pasan delante de nosotros sin
apenas dejarnos tiempo para pestañear.

Ya con bueyes y novillos dentro del
ruedo, atravesamos las vigas que dan acceso a la plaza, para ubicarnos en el
burladero, que está lleno de gente que no quita ojo a lo que acontece en el
redondel. Unos repasan con mirada fija a cada novillo, presumiendo su futuro
juego por la tarde. Otros se asombran del descomunal tamaño de los bueyes.
Otros mueven el ganado, y los más osados se aproximan tanto a las reses, que un
novillo levanta la cabeza en señal de medir distancias.

Ya con las ganas saciadas de contemplar
los animales en el ruedo, ganadero y mayoral a golpe de voz, introducen los
novillos en los corrales, devolviendo los bueyes al recorrido por donde
vinieron. Ellos solos llegarán a la finca de la que partieron orientados por
las querencias y por la costumbre que dan los años de haberlo hecho.

Después, tras las presentaciones
pertinentes, las cuadrillas que acompañan a los jóvenes toreros, se sortean los
novillos tras consenso de seleccionar que números entran en cada lote.

—Al ganadero le gusta mucho el número 2.
Está en la línea de la casa, muy en Coquilla— apunta un buen aficionado
antes de comenzar el protocolo.

—Los lotes van por tamaño. Dejamos el 10
de sobrero que destaca más por grande, y metemos los dos más chicos con los más
descarados— responde en alto un banderillero.

Para los que se juegan la vida vestidos
de torero, cada tarde deben de hacer frente a sus miedos, y cualquier detalle, inapreciable
o sin importancia para la mayoría, supone un mundo de pensamientos, matices o
sensaciones.

Acabado el sorteo y tras las indicaciones
pertinentes al torilero al que informarán del orden de salida de cada
res, partimos a un restaurante cercano. Son fiestas y el ambiente es
inmejorable. Las cuadrillas se van a la habitación que hará de santuario hasta
cerca de las seis, hora del comienzo del festejo. Delante de la puerta desfilan
uno a uno los grandes coches que arrastran los van donde se transportan
los caballos que participaron en el encierro.

Tomando unas frías cervezas poco a poco
la calle se despeja. Es la hora de comer, y hasta en sus fiestas, un pueblo
entero se paraliza para descansar durante un par de horas.

En compañía del equipo presidencial, la
Teniente de Alcalde que hace de anfitriona y los acompañantes de los
novilleros, nos disponemos a sentarnos a la mesa. Una abundante comida serrana
sirve de hilo conductor a conversaciones que quedan en la intimidad de la mesa,
pero con trasfondo tan profundo e importante, que en pocos minutos arreglamos
el mundo.

—El negocio taurino vive de espaldas a la
propia fiesta. No piensa en sus clientes— Apunta un comensal, siendo apoyado
por el resto de acompañantes con numerosos argumentos.

—No se puede pedir que la gente apoye y
defienda algo que no conoce. ¡La fiesta hay que enseñarla!

Pasan los minutos en un ambiente
distendido y cordial, momentos en los que queda claro «el por qué te
gustan los toros» y respondes a tantos momentos en los que has cuestionado
tu propia afición. Cada palabra es tenida en consideración por el resto de
oyentes, que acompañan con sus opiniones la charla, tornada ya en auténtico
simposio.

Terminada la sobremesa, caminamos hasta
la plaza. Ya con ambiente, llegan los caballistas que harán de alguacilillos.
Una montura perla y otra torda —ya blanca— son ensilladas para dar una pequeña
vuelta y templar el ánimo de cada animal.

Al mismo tiempo llegan los primeros
aficionados, que se prestan a buscar el mejor sitio de la coqueta plaza
serrana.

Los alguacilillos se van a un local del
municipio que hará de improvisado vestuario y los espadas llegan acompañados de
su séquito de confianza. El presidente con los pañuelos de colores en la mano
conversa con la veterinaria que se presta animosa a desvelar vivencias corridas
en otros pueblos.

Llega el Alcalde, impecable, que junto
con su Teniente piden a una chica que avise a los alguacilillos.

—Diles que por esta puerta—

Éstos, se demoran en llegar. Uno de
ellos, traicionado por las prisas que supone salir del trabajo, comer
rápidamente, cargar los caballos y partir para el pueblo vecino, se dejó la
camisa blanca que acompaña el traje de corto. No hay mayor problema. Un
joven vecino de la localidad le presta una del tendedero.

—Ya estamos todos—

En
pequeña procesión, las autoridades del pueblo, y del festejo, acceden a la
plaza bajo el amparo del Alcalde. Desde el palco, el Presidente saca el pañuelo
blanco que anuncia el comienzo del festejo.

Empieza la tarde. Atrás quedaron horas de
trabajo, desvelos, equilibrios en el presupuesto municipal, largas
conversaciones al teléfono, viajes al campo, sobresaltos impredecibles…

Pero es
verano, y el pueblo tiene toros.

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