DESDE LA BARRERA

Copiar y pegar


lunes 7 noviembre, 2016

Cuando una limeña ve su ciudad tan trastocada por agentes externos entre personas jóvenes, crea cierta preocupación el robo de todas las señales de identidad.

Cuando una limeña ve su ciudad tan trastocada por agentes externos entre personas jóvenes, crea cierta preocupación el robo de todas las señales de identidad.
La autenticidad es algo tan inusual que causa admiración, con la moda todo se empezó a uniformar de alguna manera y con el nacimiento de los hipsters se sobrexaltó la individualidad. ¿Qué es la autenticidad real? Lo auténtico, lo que es realmente lo que parece o se dice que es. Es ahí donde la población peruana -para segmentar aún más, limeña- se divide en dos grupos: los que saben muy bien quiénes son y los que necesitan seguir a algo (o a alguien) para tener identidad.
 
Lima es un corazón que funciona con sangre de tradición: el almuerzo a la una, la música criolla, la devoción a Santa Rosa, la procesión del Señor de los Milagros. Algunos de los que nacimos aquí, vivimos aquí y llevamos esta sangre limeña, valoramos y disfrutamos de el vínculo que tenemos con la ciudad gris que nos vio nacer. La Ciudad de los Reyes  respira historia y en Octubre la tenemos a flor de piel, sobre todo cuando olemos el palo santo en las calles, cuando encontramos turrón hasta en los grifos y la música criolla suena con más fuerza en las radios. Octubre es más que el mes morado, es un mes de fiesta, es un mes donde el sol brilla pero no quema, un mes donde bailar un vals no es extraño y las peñas se llenan el doble. Es el mes en que una Plaza, que este año cumple 250 años, despierta.
 
A la Plaza de Acho no le hace falta introducción, es un coso taurino que se mantiene imponente en el Rímac, un lugar que guarda en sus paredes anécdotas, que siente en su arena los pasos de las figuras más grandes de la historia taurina. Las calles del Rímac dejan su peligro constante durante esta feria para llenarse de fiesta, para revivir las épocas que la plaza guarda en sus silenciosas columnas. Fue y sigue siendo un lugar destinado a presenciar la gloria.
 
Si la Plaza tuviera una expresión, miraría con alegría a quienes van a disfrutar de su belleza; pero miraría con ojos tristes a quienes van a maltratarla o desprestigiar la práctica taurina. Tanto la plaza como la ciudad han visto los cambios en la gente que habita Lima. «No», susurran, «no es la Lima de antes». Todo ha cambiado. Las nuevas redes interconectan información e ideas, la globalización nos hizo iguales y el postmodernismo exaltó nuestra individualidad, pero ahora tenemos un mestizaje inigualable de ideologías, un mestizaje del que no podemos escapar.
 
Las modas extranjeras empezaron a calar en la mente de los limeños cada vez más fuerte, más intensamente. Las ideas de protesta y revolución llaman mucho la atención de los jóvenes, de los adolescentes, de los rebeldes y de quienes tienen buenas intenciones pero, en casos, poca información. El problema radica en la pérdida del respeto. Algunos todavía creemos en la utópica sociedad del respeto, donde cada idea es valorada, la izquierda y la derecha trabajan juntas en  favor del país y la violencia no es tan desmesurada. Así como tenemos la esperanza, sabemos que estamos lejísimos de conseguir ese objetivo.
 
Algunos limeños perdieron la Lima que corría en su sangre y decidieron renegar, incluso, del país en que nacieron. Algunos copiaron modas, empezaron a rezar por países lejanos sin ver siquiera los problemas del nuestro o peor, minimizándolos. Tomaron protestas ajenas, las hicieron suyas y copiaron también la violencia de las mismas. Es así, como nuestra Plaza, ve con ojos tristes a quienes protestan con mucho odio, contra lo que ella guarda con tanto amor.
 
Dentro de la plaza no hay más que fiesta y alegría, amor por la tradición, afición, pasión. Familia. Dentro de la plaza hay niños que sueñan, adolescentes que admiran, adultos que sienten y ancianos que recuerdan, ríen y disfrutan. Todos compartiendo momentos y emociones. Afuera gritan quienes odian, quienes repiten, quienes valoran la vida de una res más que la de un ser humano. Más de la mitad de los que protestan comen carne, pero quieren defender la vida de un toro que crece en las condiciones que un animal de consumo masivo no podría ni soñar. Muchos de ellos hablan del derecho a la vida del toro de lidia, pero impulsan el aborto como si fuera el último día de sus vidas. Todos olvidan que en el Perú hay más plazas de toros que canchas de fútbol y que la afición no muere porque está en cada pequeño rincón del país. Su egoísmo ha cruzado toda frontera y su respeto ha desaparecido por completo.
 
Ayer inició con Plaza llena la Feria del Señor de los Milagros. ¡Qué alegría se vivió! Los sombreros adornados volvieron a adornar los patios y tendidos, se oyeron valses y pasodobles como si fueran los latidos armónicos de la bajopontina. El aroma de nuestra galardonada gastronomía no brilló por su ausencia y los niños acompañaron a sus padres a disfrutar de dos figuras históricas del toreo mundial: Andrés Roca Rey, quien reaparecía después de dos meses; y Julián López «El Juli». Fue una hermosa tarde en que el corazón de la plaza vibraba con cada olé. Los más fuertes se los llevó «El Juli», con su maestría  y gala para torear; mientras la ovación al compás de la marinera fue de Roca Rey. La tarde iba de fiesta, hasta que los pañuelos salieron para más que pedir orejas. Afuera, los antitaurinos habían causado tal desorden que se tuvo que recurrir a las bombas lacrimógenas.
Toda la plaza sintió el efecto mucho más de lo que sintió el temblor. Los niños lloraron, los padres se preocuparon y se perdió la concentración en el espectáculo, mientras un torero se jugaba la vida en el ruedo. ¿Qué justicia hay en el maltrato a la afición? ¿Por qué tenemos que llegar a extremos para reaccionar? ¿Por qué copiar lo malo en lugar de encontrar un punto de respeto y buscar la paz?
 
La tarde terminó con normalidad, la fiesta se retomó luego del suceso y lo siguiente no hizo más que remarcar el éxito. Andrés cortó dos orejas y Julián una. La espada le arrebató el éxito rotundo, mientras que Roca Rey corrió con mejor suerte en la tizona cuando fue decisivo. La Plaza celebró junto a todos el éxito del torero peruano, mirando con ojos de ternura, orgullosa, el hijo de un país aficionado que lleva su bandera a las plazas más prestigiosas del mundo.
La Plaza siente, llora, sonríe y espera. Se le ve paciente en medio de todo su silencio y majestuosidad. El que no se disfrute de esta tradición, no significa que se tenga que desprestigiar y destruir violentamente. El que muchos hayan perdido autenticidad, no quiere decir que todos tengamos el mismo problema. Solo nos queda mantener la esperanza en que algún día viviremos una cultura de respeto y dejemos de lado el odio que envenena tanto nuestra sociedad. Que la modernidad no signifique la copia desmesurada, busquemos la autenticidad, no una Lima de copiar y pegar.