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El pajar de las agujas

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LA CRÓNICA DE OTOÑO

El pajar de las agujas


jueves 29 septiembre, 2016

Ovaciones para la entrega de Pablo Aguado y el valor de Vanegas, silencio para un inédito Rafa Serna con una novillada sin contenido de El Tajo y La Reina

Ovaciones para la entrega de Pablo Aguado y el valor de Vanegas, silencio para un inédito Rafa Serna con una novillada sin contenido de El Tajo y La Reina
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MARCO A. HIERRO /
FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

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Parece un contrasentido ir contra la sabiduría popular y poco científica de los refranes, pero a veces se te queda a huevo. Encontrar una aguja en un pajar suele ser síntoma de buena suerte, de lograr imposibles y casi de estar tocado con una varita. Suele digo, creo decirlo bien, porque cuando el pajar está lleno de agujas se te clavan hasta el alma y no te las terminas de sacar hasta de los sitios más insospechados. Eso fue hoy la novillada de Joselito, el pajar de las agujas, porque buceando en su condición hasta la propia paja se convertía en saeta.

Y no por genio, ni por carbón, ni por empuje, ni por entrega. Más bien se clavó entre las uñas de la terna un encierro tan vacío de contenido como hermoso en la estampa. Era de tramoya la seria novillada de José; seria, hermosa, bien hecha, enmorrillada y con remate, excepción hecha del esmirriado y zancudo segundo. De tramoya porque se quedó en nada cuando le pegaron la patada al soporte de cartón piedra que tenía por detrás. Y entonces salieron agujas en forma de reposiciones, de frenazos en los embroques, de rebrinques de raza nula, de vueltas sobre las manos para seguir, pegajosos, una tela de la que no se iban. Un regalo para tres tíos que buscaban en Madrid la aguja en el pajar de la redención.

Sólo uno mojó en churro en el chocolate anodino en que se convirtió Madrid. Sólo uno con el que trajo en el hierro una oración. Porque fue el de Ave María que hizo quinto bis el que trajo la emoción sin clase, el genio sin entrega, la movilidad sin control, pero también la atención del pagano en el verde botella de Pablo Aguado. Dos ovaciones saludó el sevillano; una por lo civil, con el rebrincado segundo de sucia embestida. Otra por lo criminal, con este saco de genio al que se fue a esperar a los medios, hincado de rodillas para llevarse el palizón. Tremenda mano de golpes que pudo costarle a Pablo más cara de lo que la pagó, y aún así lo condicionó sin duda para el resto de su labor.

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Porque volvió a la cara del utrero desde la misma puerta de la enfermería sin saber si era suya la boca que habían partido. Tullido, mermado, hecho un trapo, pero con la mente puesta en pegarle pases al bicho. Y el bicho se vino por dentro, le midió la taleguilla, se guardó las agujas que recogió del pajar, pero también corrió y embistió como no le importa ver a Madrid. Allí le juntó Aguado un diente contra otro para que pasara y pasara al menos con emoción. Mucha más que gobierno, pero bastante tenía el chaval con clavarse al suelo con la que llevaba encima. Aún le dejó muletazos, tan noqueado como loco de rabia por triunfar con aquel burel, que sólo se amarraba un poco más cuando no dejaba el trapo de limpiarle el morro. Seguro que ni él sabe cómo le metió la espada, o cómo saludó la ovación, pero tendrá claro a estas horas que se ganó el respeto de Madrid a base de recibir agujas.

También las recibió Vanegas del pajar que fue hoy Madrid. Porque le quiso componer mucho al que vio con buena hechura, que salió primero para gustar, pero se le agrió la miel cuando le bajó la persiana y le negó el final. Tampoco lo tuvo el cuarto, con dos puntas más serias que una inspección de Hacienda, pero le dejó, al menos, exponer como si no existiera el mañana. Y tampoco lo cantó Madrid como hubiera hecho otro día. Porque mereció mucho más la exhibición de valor seco, la sinceridad de la apuesta y la verdad de la colocación que esa ovación rotunda de la que ya no se acordará. Fue mucho más el esfuerzo que el botín recolectado. De nuevo a sacarse agujas.

Como se las sacará Rafa Serna del mismo ruedo que lo vio triunfar en junio y sangrar el mismo día. Se acuerdó de aquel día el sevillano con un brindis al doctor, pero no embistieron igual estos dos de Joselito, ni siquiera para herir. Porque el deslucido jabonero que salió en tercer lugar se le escurrió entre las telas antes de que pudiese parpadear. Y el precioso castaño sexto, diseñado para embestir, se le arrugó sin remedio antes de la sexta arrancada. Y de allí no se movió. En silencio y lleno de agujas se marchó Serna de Madrid, sin dejar nada más que sello por incomparecencia bovina. Y venir pa na…

Un pajar lleno de agujas que no dio mérito a encontrarse una. Eso fue la novillada de Joselito en su ruedo talismán, porque no es lo mismo estar de luces que de paisano, como no lo es encontrar metal a que se te clave en el cuero.

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Primera de la Feria de Otoño.
Novillada con picadores.

Seis novillos de El
Tajo y La Reina,
de mortecina y floja embestida, además de ayuno de clase, el
bonito abreplaza; con
tranco rebrincado el segundo bis –se corrió turno-; a menos el
deslucido tercero, al igual que el cuarto; sin clase el sobrero de Ave
María que hizo quinto-; aplomado el sexto. 

Manolo Vanegas (sangre de toro y oro): silencio y ovación. 

Pablo Aguado (verde botella y oro): ovación y ovación. 

Rafael Serna (marino y oro): silencio y silencio. 

 

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