LA CRÓNICA DE SANTANDER

La perfecta ‘inevidencia’


miércoles 26 julio, 2017

El mismo tendido que ayer se mostraba complaciente no le echó cuentas a una soberbia tarde de José Garrido y sólo aplaudió una nueva resurrección de El Cid, con un Ureña mermadísimo

La perfecta ‘inevidencia’

TEXTO Y FOTOS: MARCO A. HIERRO

 

La palabra inevidencia no existe. O no
existía hasta hoy en ese diccionario que la RAE abre cada vez más al lenguaje
coloquial y a las palabras ataúd. De hoy en adelante, la definición de
inevidencia será la siguiente: dícese de la actuación importante de un torero
que el tendido no sólo no es capaz de ver, sino que, además, pita. Eso, que es
para mear y no echar gota, que dicen por mi tierra, es lo que le sucedió hoy en
Cuatro Caminos a un José Garrido que esta noche es un poco mayor en su toreo,
un poco más maduro en su concepto, un poco más cercano a las metas que busca y
un poco más consciente de lo que es pasar paquete con un toro sin que lo
entienda ni Blas.

El antónimo de la palabreja que hoy me
apetece inventar lo personificó de maravilla Manuel Jesús ‘El Cid’, que ya
tiene por costumbre venir a resucitar a Santander pero luego no termina de
vivir al día siguiente. Dicho tengo que si fuese matador le pondría un cheque
en blanco al que le mete la mano a Manuel en los sorteos, pero mandaría a
Australia lo más cerca al que le templa las espadas. Una vez más le salió un
toro de Adolfo para soñar el toreo, y una vez más fue en Santander. En esta
tierra marrón oscura, tan lejos del albero sevillano, encuentra Manuel el
bálsamo de Fierabrás, y vuelve a conectar el corazón con la cabeza para
acompañar embestidas con la cintura, con las muñecas, con la voluntad y hasta
con el ansia, pero ya ha llegado un momento en el que le cuesta dejarse el
alma. Y no porque no lo intente, sino porque la juventud se va curando con los
años.

Por eso le funciona la cabeza para
aprovechar las virtudes, para darle vida a la evidencia y llegar de esta forma
a un tendido que se la compra. Y no puede ser de otra manera, porque tiene
belleza el toreo de El Cid, tiene empaque y torería, tiene un principio
evidente de apostura al citar, un trazo sin fisuras que aprovecha los viajes y
un remate monumental con el larguísimo de pecho que llega mucho al personal.
Tal vez porque es muy personal. Pero ayuda mucho que salga un Horquillero como
el que hoy le echó Adolfo. Cárdeno oscuro, fino de cabos, curvo en los pitones,
degollado en la papada. Y con una boyantía, una codicia, una transmisión y una
clase que te puede desbordar si no andas muy metido. Eso fue lo evidente. Se
juntaron las virtudes y plasmaron una obra de fenomenal belleza a la que la
puta espada le escupió en plena firma. Sólo eso impidió a El Cid volver a
triunfar. A Garrido se lo impidieron más cosas.

Se lo impidió la inevidencia de
encontrarse con una grada poco acostumbrada a valorar exigencias. Ni en el
torero ni en el toro. Y hoy a José le pidieron los dos las credenciales de
torear, y los dos se le cuadraron en firmes una vez que terminó con ellos. Al
tercero consintiéndolo, caminándole por abajo, mostrando el camino de su trapo
con perfecta ejecución de cada solución propuesta. Primero la suavidad de los
toques sutiles, porque no se le levanta la voz al que acabas de conocer; luego
con la muñeca firme, con las piernas firmes, con la muleta firme y con la firme
intención de terminar pegándole una tanda rotunda a un toro que enseñaba
exigencia y guardaba fondo de bravura y clase en eso que hemos dado en llamar
inevidencia. Todo en la faena de Garrido se enfocó a esa serie al natural, ya
epilogando el trasteo. Allí se descargó José sobre los riñones, le echó el
vuelo al morro para que lo notase fuerte y lo amarró al trapo y al suelo para
que lo siguiese cual si no hubiera otra opción. Y no la había, porque ya estaba
otra vez la muleta dando en el belfo, el brazo guiando hasta Nunca Jamás, la
cintura encajada con la importancia del bicho y la rotundidad haciéndose
presente para desbancar a la inevidencia. Entonces sí tronó el tendido. Pero
para lograr esto, hacía falta hacerle perfecto todo lo anterior.

Cosas de la inevidencia, que hace que no
se entere un tendido de los cristales en la barriga que guardaba el sexto, más
persona que bovino a la hora de pensar maldades con cara de bobalicón. Y José
pasando paquete en tarde de sentirse torero, de poner en valor tu valor y tu
miedo mientras la grada, que no entiende de inevidencias, hasta tuvo el papo de
pitar. Inaudito.

Como inaudito es que un torero, en pleno
siglo XXI y con la que está cayendo, le quite valor a los percances haciendo el
paseíllo con tres costillas rotas. No es que le restemos mérito, es que no lo
debemos permitir, porque un profesional puede admirar –como yo lo hago- la pasta
de otro planeta de un Paco Ureña que es capaz de soplarle naturales de cartel a
dos adolfos exigentes hasta con los huesos quebrados, pero el que paga y se
sienta a ver lo hace para contemplar las obras de un tipo que venga entero. Y
hoy a Paco, que es un torerazo y que hizo un esfuerzo sobrehumano por estar
aquí, la merma se le notó. Mucho. Y el que diga que no es que no lo quiere ver
o que vive en la inevidencia.

Y la evidencia de hoy le dio las fotos a
El Cid, pero hizo crecer a Garrido la perfecta inevidencia de saberse más
torero hoy. Y así hoy lo será un poco menos que mañana.


FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Cuatro Caminos,
Santander. Cuarta de la feria de Santiago. Corrida de toros. 4.988
espectadores.

Seis toros de Adolfo
Martín
,seria y con remate y
presencia. De buen fondo el humillado primero, que se vino a
menos,de templada intención hasta mitad de faena y agrio en el
final el segundo,reservón y sin entrega el zorrón tercero,de gran
calidad y boyantía el extraordinario cuarto, ovacionado en el
arrastre,revoltoso en el inicio pero con buen fondo el humillado
quinto,una prenda el complicado sexto.

El Cid (marino y oro): ovación y ovación tras aviso.

Paco Ureña (rosa y oro): ovación y silencio.

José Garrido (marfil y
azabache):
ovación tras aviso y silencio.