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Un genio revuelto

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EDITORIAL

Un genio revuelto

Lo ambicioso no tiene por qué ir de la mano de lo genial. No lo ha ido nunca, jamás, en José Antonio. Y sólo cuando surge la sinergia de un genio con ambición llega el éxtasis. Pasó en Granada.

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Hay ambiciosos y genios en el toreo. Los ha habido toda la vida. Como hay cuerdos y locos, y nunca se sabe muy bien quién pertenece a una u otra especie. Aunque parezca muy claro. No son excluyentes ambos grupos, y todos caben en la Fiesta porque ésta les debe la vida como la debe la espada por igual al yunque y al martillo. La diferencia fundamental entre ambiciosos y genios viene de serie, y sólo el tocado por la varita puede aspirar a ser genial. Eso no significa que los demás no sean grandiosos. Sólo que no son genios. Pero es que genios ha habido muy pocos.

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Vaya por delante que un torero, como artista que es, no tiene por qué estar en el momento de crear cada vez que se viste de luces a en punto la hora. Vaya por delante que el toreo, como manifestación artística, necesita de un proceso creativo en el que deben reunirse múltiples materias primas para cuajar en leyenda. Casi nunca sucede, por cierto. Por eso son tan pocas las leyendas del toreo cuando descartas las anécdotas. Con esa premisa, podemos hacer una afirmación: entre éxtasis y abismos sólo cabe un nombre, el de Morante.

Lo ambicioso no tiene por qué ir de la mano de lo genial. No lo ha ido nunca, jamás, en José Antonio. Y sólo en los momentos en los que surge la sinergia de un genio con ambición llega el éxtasis. La catarsis de un artista. El súmmum de su genialidad. Granada así lo vio.

Y es que tendemos a vestir la genialidad de otras virtudes bien vistas en una sociedad que trabaja para vivir y comparte más penurias que alegrías con el vecino de al lado, que también busca que le toque la lotería porque sabe que de un sueldo nadie se hace rico. Queremos ver honradez, fidelidad, lealtad y hasta compañerismo en las actitudes del genio, valores que jamás tendrá porque el genio es egoísta, autodestructivo y hasta un poquito mamón. Pero es un genio, y se lo perdonamos porque la genialidad nos enamora. Para justificarnos, lo vestimos de honradez. Por eso a Morante le hemos perdonado tantas.

Eso no es malo, siempre que sepamos valorar que la genialidad no suele llegar a la hora señalada, sino a la menos pensada. Como necesitamos que esté con el capote liado a la hora en punto, intentamos convertir al genio en un señor honrado, y es cuando el genio -que lo será siempre- se deja de comportar como tal. Cuarto y mitad de todo esto le ocurría (en pasado) a Morante 25 de las 30 tardes que toreaba al año. El genio de la Puebla sólo vale para hacer el toreo o no hacerlo; cuando lo intenta se transforma en honrado torero mortal que le pega pases a una mesa a base de entrar y salir, provocar la arrancada y trazarla bien compuesto y con oficio, con el sello personal que queda del genio que lleva dentro.

Este domingo le pegó siete naturales al cuarto arrebatado, y eso fue meritorio, mas no genial. Cosas de los artistas. Sólo en los cuatro lambrazos y medio con que se encajó de riñones con el primero asistió al festejo la varita de Morante, que ahora le valen más toros para cortar más orejas, pero ¿cuándo necesitó José Antonio despojos? Este Morante nuevo, que siempre supo leer condiciones, se preocupa ahora de aportar soluciones cuando se plantean los problemas. Lo demás, como siempre, le nace de las tripas porque allí es donde pare el toreo. Aunque no sea negra la luz que le alumbra.

Esa es la explicación del milagro que deviene en fantasía ralentizada, en espontanea verdad, en entrega apasionada y en sincera respuesta del que gusta de lo genial. Porque Morante atrapa, colapsa, embruja, se abandona y traiciona cuando le parece porque su obra nace sólo para él. Morante asalta la tarde cuando ya no se le espera, aunque siempre se le desee. Y se adueña del botín sin tiempo para el resuello, capaz de arrojarlo luego entre las zarzas con un corte de su navaja.

Arte es todo y es nada. Arte es partirte el alma en un trazo, abandonarte en un lance y gobernar toda la obra. Pero arte es también tener la paciencia para construir una arrancada, la fe para verla cada vez más cerca y el corazón para reventarla cuando te llega a las manos, aunque te suene un aviso, obsceno y fuera de lugar, cuando aún estás toreando. Eso vivió Granada. Eso está viviendo una temporada de Morante que, tras su cambio de rumbo en los despachos, tuvo un antes y un después. Con un tío que va a matar en un año Juan Pedro, Garcigrande, El Puerto, Daniel Ruiz, Núñez del Cuvillo, La Quinta, Torrestrella, Alcurrucén, Miura… y la posibilidad sobre la mesa de anunciarse con Prieto de la Cal para un festejo de suma importancia este verano. Si esto no es variedad, que baje otro genio y lo atestigüe.

Fotos: Mika Zarcas

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