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Dios salve al Rey

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LA CRÓNICA DE SEVILLA

Dios salve al Rey


jueves 23 septiembre, 2021

Emilio de Justo se consagra como figura del toreo llevando su regularidad a conquistar La Maestranza y casi la Puerta del Príncipe

Emilio De Justo Sevilla
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Por Marco A. Hierro / Fotogalería: Emilio Méndez

Hoy era el día elegido para la coronación. Hoy, cuando la víspera de Otoño convertía La Maestranza en el salón del trono y un encierro cárdeno de Victorino ponía caro el mano a mano más extremeño que Sevilla pueda dar. Hoy, cuando hasta el cielo se derramaba de emoción con la faena al cuarto, Emilio de Justo se ceñía la corona del toreo como hizo un día Napoleón: por su propia mano.

Esa mano que convirtió las arrancadas con fondo en embestidas de valor es ahora mucho más cara de lo que pagaron por ella hoy. Porque hace más de una década que tiene fe y sólo unos años que tiene escaparate, pero le han valido para que hoy, este 23 de septiembre que ya no se le va a olvidar, el sistema que lo arrinconó un día le bese los pies, aprovechando que siguen clavados en ese albero. Clavados. Hundidos. Enterrados en el dorado albero del templo de su religión, que no necesita hoyar el terno para poner la plaza en pie.

Esta tarde, entre la lluvia y la noche, gritó el Baratillo: ¡Dios salve al Rey! Un Rey que gobernaba arrancadas, que dirigía embestidas, que mandaba en su hambre y en la voluntad de los toros. Porque desorejó a uno, pero pudieron irse sin un oído los otros dos. Ese hubiera sido el idílico final, el sueño de cuando era chico de un Emilio que nunca ha dejado de ser humilde. El acero, que no suele fallar cuando lo maneja su mano, le arrebató hoy la foto soñada, pero no pudo llevarse esa sensación sin igual de que todo gira por debajo de ti. Y esa sólo la alcanza un torero.

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Lo hizo ofreciéndole el alma en el percal con el que le sopló verónicas de cadera suave y muñeca rota a ese cuarto que no se definió hasta que quiso Emilio. Pero cuando le ordenó el extremeño que había que embestir más despacio pareció esclavo de los flecos para humillar y llevarse detrás los riñones. Buen toro ese cuarto. Cárdeno fino de cabos, serio, pero no exagerado; imponente, pero con el tipo claro. Esos los conoce Emilio desde que quería ser torero y se iba a la finca del Paleto para aprender de los guerreros.

Pero él tiene el don del temple y el valor para que pase despacio, detrás del trapito rojo, mientras las puntas de los pies siguen hundidas hacia adelante, escorzando la cadera para que muera detrás el muletazo natural. Y tiene también la sapiencia para lidiar, para rascar los fondos y para ofrecer mucho antes de exigir. Pues sabe que sólo así se obtiene la gloria. Y no en todos los casos.

Porque hoy no la logró Ferrera a pesar de ponerle el corazón, el cuerpo y la propia vida a cuajar los tres toros que enlotó hoy. Pero le faltó empuje al primero, vida al tercero y un punto más de emoción al quinto para que las ovaciones y vueltas hubieran sido algún apéndice auricular. Y eso que desplegó su tauromaquia barroca, macerada con los años y la capacidad de decidir sobre su propia vida y el futuro que vendrá. Y eso que cruzó la línea tantas veces como le marcó el destino, que luego le negó una estocada que le hiciera triunfar. Pero ahora llega Madrid, y tendrá seis grises para explicarse mejor.

También estará Emilio donde se cruzan los caminos, pero habiendo descerrajado la Puerta Grande en julio y habiendo pegado al palo hoy de la que da a Triana. Esta le esperará como le esperó la otra, porque lo que nadie duda es que hoy alcanzó el grado mayor. Y que Dios salve al Rey.

FICHA DEL FESTEJO

Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Feria de San Miguel. Quinta de abono. Corrida de toros. Mano a mano. Más de media entrada en el aforo permitido.

Toros de Victorino Martín, bien presentados y en tipo. Noble pero de corto viaje el primero; devuelto el segundo por partirse un pitón; dormilón y de poca humillación el serio segundo bis; manso y sin vida el tercero; agradecido y con mucho fondo el humillado cuarto, ovacionado en el arrastre; noble y obediente el entregado quinto; humillado pero a menos el buen sexto.

Antonio Ferrera: ovación, silencio y vuelta al ruedo.

Emilio de Justo: ovación, dos orejas y ovación.

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