Los viejos toreros nunca mueren

EL EXILIO INTERIOR

Los viejos toreros nunca mueren


martes 11 enero, 2022

El toreo está muy vivo, mal que le pese a muchos. Una vitalidad que, para su bien, debe traspasar el recinto ceremonial del rito, saltar los muros de las plazas de toros.

toreros
Escena final de "Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto". De izquierda a derecha, Antoñete, Macareno, Victoria Abril, Curro Vázquez, Michelin y Pacorro.
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Por Paco March

Ha empezado 2022 con la muerte de Jaime Ostos, como en los últimos días de 2021 dijo adiós Ángel Teruel y semanas antes Pedrés y Enrique Patón. Es ley de vida, ahora tan en jaque para todos con el virus maldito, que a la tauromaquia la va dejando huérfana de referentes del último medio siglo o más. Pero permanece su huella (que se une a los nombres de otros anteriores que- sin haberlos visto- tenemos como referente, más allá de gustos de cada cual) , como la de todos esos grandes maestros que, pese a los años, aquí siguen y de vez en cuando dejan constancia de su sabiduría taurina (y humana). Y digo- por orden de antigüedad- una terna: Paco Camino, Curro Romero y El Viti.

Estando en activo los aquí citados y tantos otros, la sociedad, incluidos los antitaurinos- que haberlos los ha habido siempre, pero con distinto nivel intelectual y moral que la turba que ahora padecemos-  los miraba con respeto, los aficionados con admiración y, una y otros, dándoles categoría de héroes.

Cuando entonces y antes, los toreros levantaban pasiones en los tendidos. De ello dan fe documentos gráficos y filmaciones en las que los públicos se levantaban alborozados de sus localidades, ya no sólo para aplaudir al final de una tanda, sino en cada pase, se echaban las manos a la cabeza y, de llevar sombrero, lo arrojaban a la arena en homenaje al torero, a ese héroe, sí, capaz de desafiar a la muerte vestido de oros, azabaches, sedas de colores, medias rosas, zapatillas acharoladas y un trapo rojo en la mano.

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Y, al acabar, si llegaba el triunfo, saltaban al ruedo para, con reverencial respeto y entusiasta admiración, llevarlo a hombros por las calles de la ciudad o el pueblo, a menudo en fiestas patronales, hasta el hotel. ¡Ah, los hoteles de los toreros! (que también lo eran de artistas universales) un hervidero continuo de gentes los días de toros, de la mañana a la noche, con sólo la pausa inquieta de las horas de la corrida. En Barcelona- mi ciudad, mis plazas Arenas y Monumental- el Hotel Oriente, en Las Ramblas (el de Manolete); el Ritz, de tantos o El Comercio, en la calle Escudellers, al final de Las Ramblas. El Comercio fue el hotel de Chamaco y de Las Arenas o La Monumental hasta allí lo llevaron, en procesión laica muchas de las ciento setenta y ocho tardes que en ella toreó, los aficionados que hicieron de él ídolo de la ciudad.

Esa comunión social era consecuencia de que los toreros, lejos de esconderse, se mostraban. Una paradoja con los tiempos actuales en los que pese a tanta tecnología e inmediatez de las redes sociales , los toreros- unos más, otros menos y otros demasiado- rehúyen esa proximidad, reduciéndola a foros muy concretos, militantes de la causa. Una actitud que sumada al vacío, silencio y ataques político-mediáticos, instala el toreo en un gueto que lo aísla y empobrece.

¡Ahí va un torero!, susurraban las gentes, al paso de aquellos hombres que,  despojados del terno de luces, vestidos con trajes de buen corte y zapatos abetunados, eran imagen viva de gallardía, esa que está en la escena final de la memorable “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto” dirigida por Agustín Díaz Yanes : Antoñete, Curro Vázquez, Macareno, Pacorro y Michelín (con Victoria Abril, la protagonista) llegando a un funeral con porte torero y andares de paseillo.

El toreo está muy vivo, mal que le pese a muchos. Una vitalidad que, para su bien, debe traspasar el recinto ceremonial del rito, saltar los muros de las plazas de toros. Si lo hizo hace cien, cincuenta años, ahora más que nunca. Tenemos motivos, nos sobran razones.

Y entre esos motivos, esas razones, el ejemplo, la huella, de los toreros que ya no están y de los que siguen.

Porque los viejos toreros nunca mueren.

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