El ‘perritoro’, Adolfo y la tablilla que reventó el toreo

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EDITORIAL

El ‘perritoro’, Adolfo y la tablilla que reventó el toreo


miércoles 21 septiembre, 2022

Primar el peso por encima del trapío ha deshauciado ganaderías, extinguido encastes y condicionado la forma de hacer el toreo

Adolfo Martin
Adolfo Martín, en Las Ventas. © Luis Sánchez Olmedo
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Algunos, los que entienden que los rígidos axiomas que les enseñaron una vez ni se discuten ni cambian jamás para el buen aficionado, se quedarán bastante sorprendidos al leer este editorial. Pero cuando uno tiene razón, la tiene y no hay más que hablar. Y Adolfo Martín, que será peculiar en sus declaraciones y gustará de levantar polémica para darle valor a su divisa, tiene toda la razón con la emboscada que los señores veterinarios y autoridades (in)competentes perpetraron contra él en Guadalajara.

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Contra él: eso lo dice CULTORO. También contra la corrida, pero eso lo dicen las fotos de los propios toros en los corrales de la plaza. Esos mismos que regresaron al camión por no distinguir el equipo veterinario entre el peso y el trapío. Eso en cuanto a los que se dicen profesionales; así, ¿cómo se lo vamos a explicar al aficionado que se siente estafado porque una tablilla no refleja un peso que no distingue un perritoro de un torazo que, simplemente, pesa poco?

Adolfo
Toro de Adolfo Martín rechazado en Guadalajara.

Cualquiera que vea las fotos de la corrida que Adolfo se llevó de regreso a casa apuntará los números para ver en qué plaza se lidia. «Hombre, es que no pesaba los 420 kilos que marca el reglamento…«. Pero, de verdad, ¿alguno de los que hace el paseíllo se los pensaba echar al hombro…? ¿O bastante tenían con verles el cuajo, la hechura, la presencia y el remate y esperar que no fueran ellos los que terminasen con las piernas por alto? Lo de menos fue que la solución que se buscó fuera mejor o peor -que lo fue, por cierto-; lo preocupante es que si no sale el bufalote que se acostumbra a ver en Madrid, el que paga su dinero por poner el culo en la piedra se sienta estafado. Y eso que vivimos una época en la que los ganaderos -los que más y mejor cumplen sus deberes en este negocio que para ellos no lo es tanto- logran cada día más la imposible alquimia de que embistan los elefantes.

El toro de hoy y el toro del futuro tienen una cosa en común: deben tener trapío. Trapío, término muy taurino que se inventó para describir al bóvido que sólo con verlo provoca que te hagas pipí encima. Cierto, no es muy científica ni veterinaria la explicación, pero ¿a que todo aficionado la ha comprendido mucho mejor que el típico «no reúne la conformación morfológica exigida»? O, mucho peor, «no da el peso reglamentario», como le pasó a Adolfo en Guadalajara. ¿De verdad alguien cree que un toro de 400 kilos y uno de 420 te harán cosas distintas si te echan mano…?

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Otro toro de Adolfo Martín rechazado en Guadalajara.

Y todo esto nos lleva a la tablilla, que hay que recordar que se implantó porque plumas privilegiadas pero emponzoñadas en muchas ocasiones por el dogmatismo, como Joaquín Vidal y Alfonso Navalón -ahora es cuando nos crujen en las RRSS sin haber conocido ni a uno ni a otro-, se empeñaron en que se sacase una demostración, previa a la salida del toro, de que tenía el volumen suficiente y la edad cumplida. Veníamos de otra época, y de una posguerra que duró mucho más de la cuenta, donde se habían comido las vacas, los toros y hasta las vallas que los encerraban. Por eso ya no se sabía quién era quién, ni de dónde venían, ni con quién se habían cruzado. Era otra época, que llegó, sin embargo, hasta casi el final de una dictadura que vio cómo iba definiéndose el toro moderno.

Pero llegó la tablilla porque se presumió que siempre había fraude. Exactamente igual que se presume ahora. Pero no porque el toro vaya a hacer menos daño si pesa menos, sino porque el reglamento es la única norma en el toreo que no es opinable. Y a ella se puede agarrar cualquiera, pero sobre todo el que no sabe manejar la forma de ver, criar, rematar y hasta mantener genéticamente un toro. «No pienso acochinar mi toro«, sentencia Adolfo. Y tiene razón. Porque otros antes que él, que entonces mandaban en los carteles, accedieron a hacerlo presionados por los empresarios, presionados a su vez por las críticas feroces de los que mejor convencían. Y sacaron al toro de su tipo, de las hechuras en las que puede embestir y tener una regularidad el hierro. Y dejaron de embestir, y dejaron de tener regularidad. Y muchos de ellos han ido hace poco tiempo al matadero. Casi todos los demás ya no lidian.

Más tarde dirán los custodios de la fe -así llamaba Vidal a los que asentaban sus posaderas en el tendido 7- que tiene que haber casta y que tiene que haber emoción y peligro. Y recordarán a aquel Cazarrata de Saltillo que salió en un San Isidro y le tocó -por fortuna- a un Sánchez Vara curtido en mil tracas de estas. «Llevo 14 años en este chocolate«, decía el alcarreño una vez le dio matarile, «y jamás había sentido tanto miedo como hoy«. Pues aquel Cazarrata de Saltillo que entró en la historia de Las Ventas tampoco llegaba al peso reglamentario. Ni siquiera dio cuatro quintales en la báscula, a pesar de que se anunció con 437.

Y ahora, que se lidia el perritoro en muchos lugares sin que nadie sepa decir que no; que se lanzan cruzadas contra el afeitado y se ponen en peligro los principios más básicos de la tauromaquia por tropelías que cometen por esas plazas de Dios, le confunden el peso con el trapío en una plaza de segunda a Adolfo Martín. Seguimos sin explicarnos qué morfología Albaserrada es la que interpretó el equipo gubernativo en la capital alcarreña. Pero esto demuestra -SIN NINGUNA DUDA- que al reglamento en 17 idiomas que tenemos hoy hay que darle una sola vuelta.

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