Antonio Ferrera indultó en cuarto lugar al bravo «Ruiseñor» de La Quinta, un animal que cumplió sobre todo en el primer puyazo; en el segundo no se empleó. Ya pudo lucir su privilegiada capa el extremeño, que tras el tercio compartido de banderillas, se topó con un astado extraordinario en la muleta. No se cansó de embestir, de cogerla por abajo, de tomar con clase la prodigiosa proposición de toreo humillado del veterano diestro por ambos lados. Le formó un lío con mucho temple, teniendo una fijeza y duración extraordinarias. Se lo llevó toreando a la puerta de chiqueros cuando asomó el pañuelo naranja.




