Lorca abrió este miércoles su Ciclo Taurino con un Coloquio arrollador, uno de esos actos que dejan hulla, protagonizado por Manuel Caballero, padre e hijo. Dinastía Manuel Caballero.
Más de dos horas en las que Manuel Caballero Padre derrochó simpatía, realismo, profundidad y clase. «En el toreo no siempre triunfan los que mejor torean o mejores cualidades tienen. Esta es una profesión donde la mente manda mucho y donde hay que tener pundonor, espíritu de sacrificio, afición y determinación», dijo el diestro de Albacete.
Hablo de sus inicios. «Allí a pesar de una etapa arrolladora, cometí errores de juventud que me sirvieron para cuando remonté el vuelo, supiera lo que había que hacer y lo que no», explicó antes de recordar: «La tarde de los seis victorinos de Madrid es la que cambia mi vida, me situó donde yo quería. A partir de entonces me tocó defender un estatus frente a grandes toreros de la época».
Bajo la batuta del periodista Iñigo Crespo y la organización del Club Taurino de Lorca, Manuel Caballero hijo admitió la admiración por su padre, sus ilusiones, su concepto y como la mente la tiene puesta en Madrid donde torea el próximo 6 de abril. Derrochó personalidad. «Yo quiero hacerme mi camino y aunque mi padre es quien es, me gusta beber de muchas fuentes. Eso es lo bonito del toreo», reconoció. «Me gusta hablar de toros, que me aconseje. Pero luego en la plaza soy yo y no quiero que nadie me siga nada, soy rebelde, y si me dicen una cosa, hago la contraria», apuntó en un ejercicio de sinceridad y personalidad.
Los apoderados, su carrera en América, las tardes claves, la fuerza para salir adelante. «En el toreo hay cosas que se tienen o no se tienen. Hay días que estas fatal y cuando sales a la plaza y te enfrentas a la responsabilidad, te vienes arriba y triunfas por amor propio», reveló.
Habló de su admiración por Dámaso González, de su plaza de Albacete. «Además de Albacete, donde me exigían mucho, mis plazas fueron El Puerto, Gijón, Bayona y Madrid, por supuesto», recordó.
Hubo momentos divertidos, recordando anécdotas y pasajes de toda una vida. «Me fui en 2004 porque me notaba que me costaba más y flojeaba la ilusión. Ese fue mi último año. Dije que nunca más iba a torear y hasta hoy», concluyó.