LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Fardos ladrones


miércoles 9 mayo, 2018

Una rémora de kilos en la morfología de los toros de La Quinta hurtaron un espectáculo que debería haber servido en el ruedo y fuera de él; sólo Juan Bautista saludó una ovación

Fardos ladrones

TEXTO: MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Nos robaron el espectáculo. Nos birlaron el placer de contemplar a seis toros con virtudes distintas, aptas todas para el toreo, y nos trocaron el disfrute por cinco silencio y medio. Eso hicieron los fardos que trajeron los del hierro de La Quinta, sólo porque a Madrid no se puede venir con 480 kilos. O eso creen los que eligen. ¡Qué daño hace hoy la tablilla!

Porque va a terminar perdiendo su significado aquello de que no es lo mismo kilos que trapío a fuerza de intentar explicarlo mil veces sin que nadie parezca tenerlo claro. Porque asienten a la explicación, pero luego, cuando asoma el morro por chiqueros el toro gris, tiene que ser grande. Que esto es Madrid.

Y cuando el tipo de un encaste necesita que le echen el fardo para poder lidiar en una plaza es mejor que no lo haga, porque dicho está que el fardo, en esta fiesta, es ladrón de espectáculos y de sueños, depende si se mira al tendido o a la plaza. Y para muestra, un botón. El cárdeno Palmeño que hizo cuarto, el más suelto de carnes de un apretado encierro, fue el único que terminó llevando su anatomía cinco y seis veces seguidas tras el trapo del francés, pero aquello no pasó de ovación. Y no deja de ser curioso.

Lo es que Juan Bautista dejase sobre la arena una clase magistral sobre lidiar toros y un tratado sobre cómo conseguir que un toro termine haciendo tu santa voluntad en todo. En todo lo que le deja el fardo, claro. Pero el de este era más liviano. Lo ahormó y lo convenció Bautista a ese cuarto de que tenía que embestir usando sus virtudes para bien: fijeza, humillación, prontitud y codicia, todas vitales en el toro bueno, pero tan soso era este que el trasteo, impecable en lo formal, no terminó de llegar al tendido. Y eso se lo robó el fardo al tendido, aunque Juan se lo pasase fenomenal ralentizando los trazos.

Sí llegó la conexión, por el contrario, en el manojo de verónicas con que Morenito saludó al tercero, al que le abrochó una media en la que la tarde alcanzó su cénit. Totalmente, además, porque allí murió el fulgor del cárdeno y llegó su declive. Y aún estaba en el primer tercio. El sexto, que sacó alegría, ímpetu y muchas opciones al arrancarse en la larga distancia, vio cómo el fardo le permitía galopar sólo mientras presidía la inercia, pero se convertía en el demonio mirón cuando había que ir a buscarlo. Y a este, además, el Moreno lo mató horriblemente mal.

Mal le fueron las cosas a El Cid en su nuevo regreso a Madrid, porque los dos silencios escuchados reflejan con mucho respeto y educación sus dos actuaciones de hoy. Aunque le echemos la culpa a los fardos.

Porque la tienen de lo que la tienen, y un encierro que se pudo mover –básico en esta plaza- vio cómo le tiraban del freno de mano con las carnes prietas de quien no le cabe más. Un día –a ver si es pronto, mejor que tarde- tendremos que plantearnos en serio lo de erradicar la tablilla.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Segunda de la Feria de San Isidro. Corrida de toros. 15.300 personas. 

Seis toros de La Quinta, con cuajo y trapío, atacados de peso y con el tipo inflado. De buen aire pero soso por el peso excesivo el primero; dormidito y mirón el dibujo segundo, que se rajó; temperamental y mermado por el peso el tercero; con fijeza, humillación y codicia el muy soso cuarto; espeso, feo y sin sustancia el quinto, de ir y venir; reservón, medidor y complicado el sexto, que desarrolló sentido.

Juan Bautista (aguamarina y oro): silencio tras aviso y ovación. 

El Cid (añil y azabache): silencio y silencio. 

Morenito de Aranda (azul noche y plata): silencio y silencio.