LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Cosas de difícil explicación


miércoles 22 mayo, 2024

David Galván firma una tarde de Puerta Grande y le faltan pañuelos estando perfecto; Lorenzo desinfla dos series de naturalazos

David Galván
David Galván rompe a llorar en el ruedo tras la inmensa faena al cuarto © Luis Sánchez Olmedo

Si a un paisano cualquiera, bienintencionado él, y aficionado a los toros, lo pones delante de la tele y le muestras las dos faenas de hoy de David Galván hasta que caen los toros, sin sonido y cortando todo lo demás, jurará con toda seguridad que ese tío se ha ido en hombros caminito de Alcalá. Y así debió ser, no cabe duda. Pero en esta plaza de Las Ventas, que parece una distinta de la que todos conocíamos, se producen cada día cosas de difícil explicación, y por eso debemos analizarlas.

En primer lugar, y comenzando por orden -sin que sirva de precedente- inexplicable es el encierro. No sólo este, sino la presentación general de las corridas en Madrid, porque en la plaza donde debe salir la cabecera de camada sale el toro espectacular y cornalón que antes salía sólo en Pamplona. Y en las calles, claro. El toro de Madrid jamás ha sido este mejunje de pitones, badanas y zancos que vemos cada día saltar al ruedo, por mucho que pueda usarse eso para contentar al julay. Y hoy tragaron hasta los custodios de la fe, que cada día, por cierto, pierden un poco más esa encomiable misión y aplauden al ‘bovi’ porque le ven mucha leña. Pero eso no quiere decir que estuviera bien presentada. Lo que sí explica es por qué la de Lola Domecq la mataron estos y no otros mejor colocados en las quinielas.

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Difícil, muy difícil explicación tiene el hecho de que no se plagase el tendido de pañuelos a la muerte del primero. Galván le cuidó la lidia, le consintió mucho para que no agravase esa emulación de cortadora de césped que tenía en la testa. Ese fue uno de los cornalones espectaculares, y a David aquella arboladura le fue pasando cerca, más cerca cada vez, sin que perdiese el asiento en las plantas, la firmeza en el ademán y el temple en las muñecas. Y mira que fue difícil ver pasar esa cabeza suelta una vez has renunciado a limpiarle esa suciedad en la embestida. El tendido rompió cuando más descargado sobre los riñones estaba un David tan inteligente que jamás le fue a la contra al bruto. Pero sí se impuso a él. Y le contagió su ritmo. Fue tan importante lo que firmó el gaditano que ese silencio tras la muerte fulminante del animal sonó a vacío. A no tener muy claro lo que había pasado.

Tampoco debió parecerle normal a David, que no cambió la cara, sin embargo, hasta que murió el cuarto. Un animal complejo, cambiante según se le buscase el fondo. De hecho, no fue nada fácil meterlo en el capote para lidiarlo en varas, y tuvo que ser Juan Carlos Rey, que había bregado al primero, quien mostrase la forma de comportarse con el funo. Despacio, para adelante, sin molestar y con el trapo en el morro sin que lo tocase. No era sencillo, claro, pero era lo que había que hacer. Y lo hizo Galván de forma tan magistral que cuando se dobló, genuflexo, con el toro, templando muy despacio la pasada insegura hasta que moría en la línea, usando todo el trazo de muleta que le permitía el vuelo diestro, la plaza comenzó a rugir. Fue en ese de pecho tan personal, tan de desprecio por debajo del sobaco, con los pies casi de puntillas. Ahí ya sabía Galván que se había ganado la plaza.

Pero como se ven cosas tan inexplicables y había un toro con fondo delante de él, decidió ser inteligente y torear para el toro mientras lo veían a él. Despacio, en la distancia correcta, dando paseos cortos y precisos para que tomase un respiro el complejo animal. Pero cuando se la echó a la zurda y le enganchó el belfo tan inquisidoramente, cuando dibujó el natural con el trazo multiplicado gracias a su buen hacer, David se rompió con el toro y se dedicó a crear. Y entonces interpretó como le salía, olvidándose de cánones y reglas; puso la vida en juego sin saber que lo estaba haciendo, porque ya no era él. Por eso al despenar al bicho con un volapié fulminante todos esperaban los dos pañuelos, Y, sin embargo… nadie pidió la segunda cuando asomó un pañuelo al palco. Inexplicable -más allá de que se concediese o no-. Como lo de ovacionar al toro. Cosas veredes.

Otra de las cosas inexplicables que sucedieron en Las Ventas la firmó Álvaro Lorenzo, que pegó las dos series de naturales más entregadas, más rotundas, más ralentizadas y más sentidas de lo que llevamos de feria. Mostró el toledano de lo que es capaz con ese quinto templado en su embestida y con clase para varios toros. Pero también estricto para no perdonar errores, y tal vez la estructura del trasteo no fuera la mejor. Porque sólo tenía un pitón excelso, y ese era el izquierdo. Pero, una vez cuajado, había que echarla a la diestra para desengañar, y allí se le fue la faena. Fue inexplicable también. Poco importa que fuera muy poco el tiempo transcurrido; cuando volvió a la chota aquello ya no era igual. Como no había sido igual ese academicismo con el que toreó al primero, que tuvo elegancia, empaque y hasta cierta gallardía, pero le faltó alma para que creyesen con él.

Lo de Ángel Téllez fue inexplicable todo, porque ese torero de blanco y plata que se presentó hoy, con el mismo vestido con el que abrió su primera puerta grande de Las Ventas, no pareció el mismo que enamoró aquélla vez. Endeble, dubitativo y casi sin recursos para imponerse, ni siquiera lo de sobreponerse lo hizo bien, por eso tuvo que tirar en el sexto por la calle de en medio. Arrimón sin mucho sentido ni eco en el tendido, manoletinas inexplicables cuando no escuchó el eco de lo anterior. Y un par de volteretas para recordarte que esto es Madrid y aquí no suele perdonarse un error. Aunque le perdonase el clarín ese tercer aviso que no merecía el hombre después de la media tendida.

Para entonces ya estaba el pescado vendido a Galván, que no se fue hoy por debajo del arco por cuestiones inexplicables, pero le habrá sabido a gloria salir por cuadrillas y a pie, porque pocos hay capacitados para explicarle a un torero lo que tiene que sentir.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de San Isidro, undécima de abono. Corrida de toros. 15.462 espectadores.

Toros de Toros de El Torero. Desigual de hechuras y trapío, poco armónica. Una devanadera el informal y serio primero; noble y con entrega sin fondo el segundo; geniudo y reservón el temperamental tercero; desentendido con fondo de raza el complejo cuarto; de templado y enclasado pitón zurdo el buen quinto; vulgar y sin entrega el pasador sexto.

David Galván (azafata y oro): ovación y oreja.

Álvaro Lorenzo (sangre de toro y oro): silencio y silencio tras aviso.

Ángel Téllez (blanco y plata): silencio tras aviso y silencio tras dos avisos.

Cuadrillas: Se desmonteró Juan Carlos Rey tras banderillear al cuarto y Juan Navazo y Toñete después de banderillear al sexto.

FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Fotogaleria Madrid 22 5 2024