LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Decíamos ayer…


miércoles 29 mayo, 2024

Alejandro Talavante se reencuentra con su espontaneidad en un encierro tan enclasado como carente de casta de Juan Pedro Domecq

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Talavante en el callejón de Las Ventas © Luis Sánchez Olmedo

La celebérrima frase la pronunció Fray Luis de León cuando regresó a impartir sus clases tras dos años enchiquerado en las mazmorras del Santo Oficio. No debía ser aquel el mejor lugar para echar raíces, pero el fraile agustino mantuvo, con esa frase, su intención de continuar en la misma línea que cuando lo metieron ‘padentro’. Algo parecido ha ocurrido con ese Alejandro Talavante que se fue un peldaño por debajo del mismísimo Dios y que ha tardado -más o menos- dos años en situarse de nuevo en la vereda que dejó huérfana de su presencia.

Decíamos ayer que Talavante era quien era por no saber ni siquiera él mismo que iba a hacer en la cara dos segundos después. Después de un par de campañas escondido detrás de su técnica infinita -que no es por desmerecer, pero no es lo mismo-, Alejandro se ha reencontrado hoy con su propia espontaneidad, con su capacidad de sorpresa incluso para con él mismo. Y eso lo acerca más a aquel que impartía sus lecciones ante la mirada estupefacta de sus seguidores. Eso y que hoy, de repente, Talavante se ha visto fluir, desembarazarse del corsé. Ser feliz, vaya.

Lo hizo con un toro al que le faltaba nada y menos para los siete quintales. Basto por delante, pechugón, badanudo y colocado de pitones; menos por detrás, pero es que había un mundo y medio entre la cara y el rabo. No se empleó en el capote, pero sí humilló colocando la cara las pocas veces que no se desentendió del percal, bien de Talavante, bien de Javier Ambel. Andaba el tendido aburrido porque era el quinto de corrida y poco había que contar. Por eso cuando Alejandro la tomó con la zurda y le enganchó la voluntad al toraco para que muriese en el infinito, la plaza entera rugió el olé. El extremeño había despertado a Madrid.

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Decía ayer Talavante que para torear al natural uno se coloca en la rectitud de la frente, entre pitón y pitón, ofrece el medio pecho y engancha preciso con media muleta para templar el viaje hasta morir tras la cadera. Hoy, tras muchos intentos, lo hizo sin pensarlo mucho, sin recurrir al bagaje, sólo latiendo la yema de los tres dedos que torean. Algunos más toman el paño a diestras, pero es que también por ahí se deslizaba el juampedro, el único de una corrida sin raza, pero el preciso para traer de vuelta a Talavante. Un derechazo, uno más largo, uno más, mucho más profundo, una arrucina para enroscarse más a un toro inmenso que parecía no pasar limpio de la cadera y, sin embargo, lo sacó el extremeño hasta el de pecho de codo y muñeca, que no de cinturón. No, eso no sabía Alejandro que lo iba a hacer hasta que lo tuvo encima. Y tampoco los doblones del final, preñados de temple, de toreo añejo, de gobierno sobre toro y escena. Fue una oreja, pero nada que ver con la de su tarde anterior.

Lo demás fueron flashes en una tarde sin conexión por la ausencia de la raza, que trajo la defensa y la escasa duración en todos los demás animales. Cierto que tuvieron clase, pero también que esa no sirve si no se mantiene gran parte de la faena, de ahí la impresión decepcionante que dejó el festejo al final. Pero en los flashes, un quite a la verónica de Aguado al tercero voló lento, reduciendo al animal en cada lance y rematando despacio con una media de tremendo empaque. Eso lo vio Morante muy conveniente para abandonar su actitud pasiva e irse para el toro capote en mano. Una bronca fue la respuesta cuando lo vio el tendido, pero no habían terminado de gritar cuando ya estaban coreando el olé barriguero con dos verónicas encajadas del sevillano para demostrar el amor y el odio que le unen con Madrid. Más limpia fue la respuesta de Aguado por chicuelinas, de mano baja, muy toreadas. Pero cuando el animal se apagó tras un inicio templadísimo, toreando por ambas manos con tremenda naturalidad mientras ganaba el paso hacia el tercio, ya no pareció tan buena idea responderle el quite a morante.

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El sexto, sin embargo, se lo llevó el empeño de Eutimio de ponerlo al caballo ¡por cuarta vez! Porque si bien es verdad que sólo había recibido dos picotazos, se había gastado mucho el toro mientras pajareaba debajo del penco. Eso y que nunca tuvo el viaje boyante, a pesar del acierto de Pablo en un quite a la verónica tan templado como meritorio para aprovechar cada centímetro del escaso recorrido del castaño de Juan Pedro.

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Y ¿qué dijo Morante? Pues que parece pesarle demasiado un año donde se va a jartar de torear. Al menos, de anunciarse en las plazas, aunque sea -como hoy- para exprimir en cuatro muletazos mandones la poca raza que le puedar guardar. Que sí, que es cierto que hay un mundo de distancia entre lo que le critican y la realidad, pero tal vez si probase a apuntarse a una con más carbón podría mostrar lo que les exige a los toros. Hoy, desde luego, eso no ocurrió.

Sucedió que fue Talavante el que dictó la lección, el que retomó la palabra y el que se reencontró con su verbo, que el próximo día que vuelva no debe ser otro que TOREAR.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de San Isidro, decimoséptima de abono. Corrida de toros. No hay billetes.

Toros de Juan Pedro DomecqDesiguales de presencia y tipo, pero pesadores en general. Áspero y de sucia embestida el deslucido primero; humillador y con entrega la serie que duró el segundo; de gran clase sin fondo de raza el tercero, desentendido tras el embroque; de Enclasado pitón diestro el cuarto; de extraordinaria clase y fijeza el buen quinto, ovacionado en el arrastre; con calidad pero descompuesto por la falta de fuerza el castaño sexto.

Morante de la Puebla (caldero y oro): bronca y silencio.

Alejandro Talavante (blanco y oro): silencio y oreja.

Pablo Aguado (verde y oro): silencio tras aviso y silencio.

CUADRILLAS: Joao Ferreira saludó en el primero tras dejar dos pares de gran exposición.

FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Fotogaleria Madrid 29 5 2024