COLOMBIA

Un manicomio en la 23


viernes 12 enero, 2024

Ferrera, Luque, De Castilla y Juan Bernardo Caicedo, a hombros en la cuarta de Manizales

Sin Título
Foto: Alais

Cualquiera que pasara por la Avenida Santander de Manizales este jueves podría pensar que, en vez de una plaza de toros, lo que había allí era un manicomio. Y la verdad, lo parecía. Pocas veces se ha desatado tanta pasión en los tendidos del coso de la 23. Los culpables fueron Antonio Ferrera, Daniel Luque y Juan de Castilla, que convirtieron la corrida de Juan Bernardo Caicedo en una auténtica fiesta de toreo en el que se cortaron diez orejas.

Y eso que la mansedumbre del primero apenas permitió a Ferrera lucir su vistoso capote, pues desde su salida evidenció la falta de compromiso en la embestida. Por eso, el extremeño se propuso ayudar al toro con la muleta a su altura, embebiéndolo de tela para obligarlo pasar completo en su deslucido viaje. Sin molestarlo, Antonio consiguió ligar algunos muletazos en redondo, que fueron lo único que pudo sacar en limpio.

Y es que la escacez de fondo y de raza en el ganado fue la tónica de toda la corrida, fueron los toreros los que pusieron todo lo que hacía falta para encender la algarabía. 

El primero fue Daniel Luque, para quien no fue un obstáculo la falta de celo del mansito segundo. Pero el de Gerena está en estado de gracia y no sólo supo empapar al toro de muleta para encelarlo con una suavidad sublime, sin exigirle nunca, sino que terminó hipnotizándolo con un temple soberano a media altura. Así consiguió que el noble se quedara órbitando el cuerpo del torero, que con la yema de los dedos y una lentitud estremecedora ligó los muletazos el redondo por ambas manos, mientras sonaba «Martín Agüero» como banda sonora de una obra de bellísimo corte. Todo tenía armonía y por eso pareció tardío el momento de sonar el pasodoble «Feria de Manizales». Lo merecía. Luque hizo ver bueno a un toro cuya única virtud fue la obediencia y la plaza se rindió al sevillano. El primer gran triunfador de la feria. 

El compromiso era entonces para Juan de Castilla, que vio cómo parecía derrumbarse su ilusión cada que el tercero doblaba las manos en su capote. Sin embargo, el antioqueño apostó por la calidad del toro y le ayudó a afianzarse a base de pausas, toques sutiles y una altura balsámica. Poco a poco, los derechazos se fueron haciendo más largos y profundos, a pesar de que no podía obligar nunca. Fue con la izquierda con la que la plaza explotó de emoción. ¡Qué bien le vuelan los naturales a este torero¡ El milagro del temple. Y cuando hizo falta un poco de pasión, las manoletinas de rodillas previas al espadazo completaron el cuadro. Las orejas cayeron por su propio peso. 

Por eso Ferrera no tuvo más remedio que sacar todo su repertorio con el obediente cuarto para unirse a la fiesta. Histriónico para algunos, inspirado para otros, pero emocionante para la abarrotada plaza que rompió en algarabía desde la larga cambiada de rodillas del saludo. Pero es que Ferrera, además se subió al caballo de picar y volvió a poner banderillas con espectacularidad. Ya nadie estaba sentado en sus asientos cuando Antonio tomó la muleta para comenzar a tapar la (toreable) mansedumbre del toro, al tiempo que llenaba la plaza con su personal estilo. Es cierto que no fue una faena de muletazos sublimes, pero fue un conjunto redondo y emotivo, una auténtica locura de repentismo, entrega y capacidad. Al toro le dieron una exagerada vuelta al ruedo por su obediencia, mientras Ferrera era a manado con una pasión encendida.

La fiesta era total. Incluso, la faena al quinto, un toro que se dejó la poca raza que tenía en el caballo y que sirvió en la muleta de un Daniel Luque, que lo vio clarisimo, resultó potenciada por lo embalada que venía la tarde. De nuevo Daniel sostuvo al toro, lo cuidó y le dio todo en las dosis perfectas para que no se viniera abajo. Hasta concedió los terrenos de chiqueros, mientras robaba muletazos desmayados por ambas manos, con el sabor que da la clase. Esta vez, de la nada, sonó de nuevo «Feria de Manizales» y lo que era una faena de una oreja rotunda, subió por cuenta de la banda hasta el segundo toreo tras el espado.

Y lejos de acomodarse tras la seguridad de una puerta grande, Juan de Castilla se fue a la puerta de chiqueros para recibir al sexto de rodillas. Juan apostó de nuevo el todo por el todo y le volvió a funcionar la cabeza para tapar la salida del manso rajado con un poder apabullante. Esta vez se encajó aún más en cada muletazo y codilleó un poco para pasarse cerca al manso e intentar torear sin afligir. Incluso, supo mantener la intensidad de la faena con variedad y un juego final de cercanías, antes de recetar un certero volapié que tiró al toro sin puntilla. Para entonces, pocas botas conservaban algo de contenido, ese ya lo habían puesto os toreros en una tarde histórica. 

FICHA DEL FESTEJO

Jueves 11 de enero de 2024. Plaza de toros de Manizales, Colombia. Cuarta de abono. Casi lleno en tarde agradable.

Seis toros de Juan Bernardo Caicedo, parejos en su justa presentación. Manso el primero; sin celo el obediente segundo; con calidad el flojo tercero; mansito y obediente el cuarto, «Zorrito», nº 335, negro, premiado excesivamente con la vuelta al ruedo; se dejó la poca raza en el caballo el quinto; y manso rajado el sexto. Pesos: 460, 440, 440, 454, 442 y 442 kilos.

Antonio Ferrera (blanco y oro), silencio tras aviso y dos orejas. 

Daniel Luque (rioja y oro), dos orejas y dos orejas. 

Juan de Castilla (blanco y oro), dos orejas y dos orejas. 

Al terminar el paseíllo se guardó un minuto de silencio en recuerdo de los taurinos fallecidos durante la pasada temporada. Los tres matadores y el ganadero salieron a hombros. 

FOTOGALERÍA: DIEGO ALAIS

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