LA CRÓNICA DE BILBAO

Una brasa en el gris plomo


jueves 24 agosto, 2017

José Garrido tira de raza para sobreponerse a un encierro de Garcigrande al que sólo Juli le encontró fondo en una tarde al revés para Talavante

José Garrido tira de raza para sobreponerse a un encierro de Garcigrande al que sólo Juli le encontró fondo en una tarde al revés para Talavante

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: EMILIO MÉNDEZ

Cuando te ha secuestrado el horizonte un objetivo y te martillea el calendario con una fecha no existen las excusas para racanear la entrega. Un tipo que se conforma con no naufragar cuando llega la mar gruesa está condenado a navegar en la tibieza cuando vuelve la calma a la mar. Y no está el toreo que vive Garrido para conformarse con nada que no suponga sumar.

Por eso cuando echó las rodillas a tierra al ver los dos pitonacos del sexto de Domingo Hernández ya sabía que debía encender la brasa o consumirse en la mediocridad. Y la encendió. Porque le pudo haber galopado el toraco tres metros después del trapo. Le pudo haber venido entregado, franco y con humillación para que desarrollase José. Pero no lo hizo. Lo que quiso hacer el castaño fue revolverse en el embroque, quedarse bajo la tela tras los dos faroles de Garrido, ponerle los pitones en las manos cuando quiso soplarle verónicas y arrancarle el percal de la zurda cuando se enterró para la media. Un regalo.

Con ese había que ser brasa. Había que lucir en el ruedo color pizarra, que se parece al gris plomo. Había que hacerlo porque corría el peligro de que se hubiera puesto Bilbao, su Bilbao, de parte del también castaño que enlotó en tercer lugar. Que no tuvo clase, ni marcó excelencias, ni siquiera fue tan bravo para recordar su nombre, pero corrió y corrió, con la cara natural pero obediente, con la entrega secuestrada pero aparente, con cualidades para que lo cuajase un torero con hambre de toro. Ese era José, que es tal vez el torero de más fondo de cuantos hoy empuñan el arma de la juventud. Era el momento de la cabeza, del corazón y de las yemas, porque fue inteligente en los tiempos, en las alturas, en las pausas. Fue generoso en los metros, en el ajuste y en esa forma de manejar la mano izquierda para que quede el regusto de disfrutar muletazos. Fue consecuente con su situación de torero en armas que necesita esta tarde para firmar veinte más. Pero un traspié en el primer encuentro provocó que la estocada posterior no le sirviera para el triunfo. Y se llevó el mismo premio que el toraco de Domingo, que no estuvo a la altura de su dimensión.

Por eso cuando tocaron a muerte en el que cerraba plaza, que le había partido la boca a Manuel Larios en una colada a diestras, sabía José ciertamente que o era brasa o no era nada. Y se propuso meterle mano a la pasada en corto, a la llegada sin celo y a las miradas previas a elegir el trapo. Ese pitón diestro de las soberanas maldades terminó siendo más largo porque así lo exigió José. En línea recta, sin atosigarlo para evitar protestas, cuidando cada cite y cada toque para que pudieran servir. Pero ya estaba escrito en el toro que hoy no iba a ser tarde de gloria. Y la brasa se quedó ardiendo entre la arena plomiza, mascullando entre dientes la maldición de no haber sido. Pero con tardes como esta siempre tiene que haber una más.

Lo sabe El Juli en su inmenso conocimiento. De las plazas y de la ganadería, a la que es especialista en rascarle el fondo siempre que lo traigan desde la finca de Alaraz. Una miaja trajo el cuarto, al que le faltó transmisión, chispa, fuelle. De haberlo tenido más quizá hubieran tenido más muletazos las tandas tan por abajo que le derramó El Juli. Porque ese sí tuvo clase. Fue el único en tenerla de un hierro que suele buscar ese elixir y que hoy no lo encontró. Y tal vez por eso y por una espada inesperadamente fallona se fue sin premio Julián de su segunda tarde en el Botxo. Y en ninguna fue brasa porque ya no lo necesita. Ha llegado a ese momento en el que busca torear al bueno y al menos bueno, pero descifrando los enigmas que su magisterio le permite. Aunque hoy muriese el resultado entre la arena gris.

Gris, muy gris fue la tarde de un Talavante que vino de luto y no parió ni una sonrisa. Fue una de esas tardes al revés en la que enlotó dos toracos cuyas cruces -las de ambos- acariciaban el corbatín de un Alejandro que no es bajito. Manso uno, a menos y sin entrega el otro; lo propio para que el genio de Talavante se guardase la varita para mejor ocasión. Porque no le hace falta ser brasa.

Lo necesita Garrido, que dormirá entre maldiciones por no haber logrado su sueño en la tarde marcada con la cruz. Ya madurará esta tarde cuando la vea sin urgencias para entender que son estas las que te hacen más torero. Porque necesitó ser brasa y lo fue. Aunque en el Botxo se quedase el manto de arena gris plomo.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Vista Alegre. Sexta de las Corridas Generales. Corrida de toros. Menos de media plaza. 

Cinco toros de Domingo Hernández y uno de Garcigrande, primero. Grandones, musculados y bastos, serios todos. Muy deslucido el primero; descompuesto, nada humillador y con cierta mansedumbre el segundo; ovacionado en el arrastre el emotivo tercero; sin alegría pero con calidad el cuarto; a menos el complicado quinto; con movimiento sin clase el sexto. 

El Juli (sangre de toro y oro): silencio y ovación. 

Alejandro Talavante (negro y azabache): ovación y pitos. 

José Garrido (grana y oro): ovación y palmas.