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EL APUNTE DE JUANGUI

Cali Resistencia 


domingo 1 enero, 2023

El pueblo y las élites, reunidos junto a un ruedo de arena, resisten el acoso infernal de una dirigencia política

Tendido Cali (1)

Para Naty Vásquez y su charanga. 

Resistencia es la palabra que define esta ciudad. Por su diversidad étnica, ubicación geográfica, la intensa temperatura, su modelo de desarrollo económico y por ser cosmopolita, es el territorio más conflictivo y crepitante del país. En ningún lugar de Colombia son tan tensas las contradicciones y agitadas las luchas. En ninguna ciudad se vive con más intensidad. 

La cultura es, por todo eso, el canal más vital de los caleños para expresar sus extremas visiones del mundo y tramitar los pocos espacios de participación.  

Su teatro experimental fue la gran escuela para contar las tragedias nacionales; su gótico tropical fue el movimiento cinematográfico más audaz del país; el baile es una válvula de escape y la salsa un relato de emancipación que se baila y se vive. 

La resistencia no es un asunto exclusivo de sectores populares. El pueblo y las élites, reunidos junto a un ruedo de arena, resisten el acoso infernal de una dirigencia política que, también, durante mucho tiempo, fue excluida y que ahora pretende excluir.  

Los antis habían hecho campaña de fake news que divulgaban mentiras sobre la suspensión de la temporada. Dieron por muerto el interés de la afición por la tauromaquia justificados en las bajas asistencias de los dos primeros festejos. Los gobiernos aprovecharon la vocación del joven torero Marco Pérez para poner talanquera. El ministerio del trabajo, por primera vez en la historia de Colombia, salió en «defensa» de un joven (extranjero) porque supuestamente, al torear, estaba en riesgo su integridad en el trabajo. Mientras por décadas, los hijos menores de Cali y de Colombia han vivido al libre albedrío de la explotación laboral, criminal y sexual, con un Estado, liderado por esos políticos, que les ha sido indiferente. 

Lo más bonito de Cañaveralejo y de su feria son los viejos aficionados de sol que se resisten a perder su pasión. Exigen la verdad del rito y el cumplimiento del reglamento con ese acento marcado de los pueblos más vallecaucanos. La porra Carepito, liderada por «Camisa fea», «Lechona vieja» y el resto de sus díscolos amigos, viven la fiesta con la irreverencia de un adolescente. Expresan su rebeldía con chistes mordaces, algunos salidos de tono, que denuncian las irregularidades de la corrida, como la inclusión en el encierro del festival de un eral que aún estaba en etapa de amamantar, la presentación de novillos como toros o las dudosas imprecisiones del presidente. Soplando un papel que emite sonidos similares a la dulzaina, tocan los avisos para recordarle que ha pasado el tiempo; que los pares de banderillas deben ser tres, que el animal que salió al ruedo no cumple la edad o tiene las defensas manipuladas, o que no se deben indultar toros solo porque repitan sus embestidas, como también sucedió. 

Cuando el balance económico de una feria no es boyante y se hacen cuentas diarias para no caer en saldo rojo, uno como aficionado tiende a flexibilizar el rigor y a aceptar la entrega laxa de premios con la justificación de que es conveniente que el público festeje y salga feliz, ¡lo máximo!; sin embargo, esa flexibilidad termina minando la seriedad de la corrida, el prestigio de la plaza y el interés de los aficionados más exigentes

El universo es un juego de tensiones y equilibrios. La empresa Tauroemoción y las élites económicas y políticas afines a la tauromaquia lideran la defensa de la protección de la tradición y el derecho que tenemos los taurinos de expresarnos culturalmente, mientras los aficionados más populares velan porque se cumplan los reglamentos y se ofrezca una fiesta digna. Ejercicios, ambos, opuestos, necesarios y fundamentales.  

Cada festejo que logra llevarse a cabo en Colombia es un triunfo. Cada temporada es una conquista. Lo que ha logrado Alberto García y su equipo es una gesta. Un país que dice defender la inversión de capitales, incomoda a empresarios y visitantes que gastan su tiempo y su capital con interpretaciones torcidas de la ley

El trabajo de Tauroemoción nos permitió ver dos momentos cumbres de la tauromaquia intimista de Ricardo Rivera, la fluidez estética de Luis Miguel Castrillón, las peleas en el caballo de los toros de Rocha, la entrega de Talavante, las banderillas de Garrido, la delicadeza en las maneras de Luis Bolívar en el festival y la madurez de Emilio de Justo toreando dos toros serios de Rincón como si estuviese jugándose la vida en Madrid.  

Pasarán 51 semanas para volver a escuchar a los jóvenes músicos de Yumbo llenar el espacio, el tiempo y el espíritu con sus vientos y redobles. Para volver a sentir, mientras se torea, el sonido de fondo de las descargas de Cortijo y su combo y de Ricardo Rey provenientes de las casetas exteriores. Para ver a Natalia, Tomás, Ricardo y al resto de amigos de Bogotá, Cali y Medellín construir hermandad. Para volver a disfrutar de las fotografías de la periodista Agnés Peronnet y los comentarios con humor negro de sociedad civilizada de sus amigos anarquistas franceses, que develan los placeres oscuros, las hermosas contradicciones de nuestra como sociedad y nuestra manera desbordada de hacer la corrida.  

Tendré que esperar un año para disfrutar de la Carepito y sus amigos volviendo a ser jóvenes irresponsables en las gradas altas del 4. Para volver a admirar a una empresa taurina que resiste y a un pueblo que reclama sus derechos en las paredes, en los bailaderos y en los tendidos de la plaza de toros.  

Todo eso si lo permite la incoherencia de nuestros gobernantes, que se otorgan el derecho de decidir qué está bien y qué está mal sin dar buen ejemplo.  

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