CAMPO BRAVO

Un tesoro genético con base Santa Coloma-Villar que guarda Ciudad Real: la historia ganadera de Tomás Martínez


sábado 5 abril, 2025

Se trata de un hierro con personalidad propia, una vacada que lleva más de tres lustros en manos de este criador de bravo: Pablo Ramos fotografía su camada

Mateo Rodrigo
Un astado de Mateo y Rodrigo para esta temporada. © Pablo Ramos

Dentro de nuestra piel de bravo hay un sin fin de hierros escondidos que únicamente son reconocidos por aquellos aficionados que apuestan por acudir cada año a una amalgama de plazas donde se celebran festivales sin picadores, becerradas y novilladas. “La España Vaciada” o “España Vacía” como gusta denominarla hoy en día, sigue siendo ese reducto donde sus habitantes mantienen un contacto directo con la naturaleza.

Una zona que ama profundamente sus tradiciones, esa que mantiene viva la llama de una Fiesta que poco o nada tiene que ver con los festejos que se dan en las grandes capitales. Allí es todo mucho más simple, quizás más rudimentario, pero como se suele decir, “no les falta un perejil”. La fiesta de los toros se vive con pasión, ya sea dando toros en un coso levantado en el centro del pueblo con traviesas de madera, o en una coqueta plaza de obra por la que no pasa el tiempo. Una zona donde también tiene su sitio el festejo popular, un lugar que ha salvado a cientos de ganaderos que no tienen el foco de las plazas de primera.

Una de esas vacadas que cada año lidia animales en estos lugares de la España Interior es el hierro manchego de Mateo y Rodrigo, vacada que dio sus primeros pasos hace más de 15 años tras la compra en Añover de Tajo de una serie de hembras marcadas a fuego con el hierro de Vicente Guzmán Amo. “Esto viene de la antigua ganadería de Rogelio Miguel de Corral, que inauguró la Feria de San Isidro” nos explicaba su actual propietario.

Una divisa con personalidad propia que gestiona un ganadero enamorado de este encaste, ese que lucha por mantener viva la llama de un encaste en peligro de extinción: “Eso llevaba sin cruzar unos 70 años, lo único que Vicente Guzmán padre le echó fue un toro de Coquilla. Esto básicamente eran “patasblancas”, pero le añadieron toros de Santa Coloma y de Saltillo” comentaba a este medio.

Una entrada de sangre que varió en cierto modo un toro con una personalidad propia: “La entrada de ese toro de Coquilla hizo que la ganadería se fuese “asaltillando” un poco, dando más fuerza genética al toro que criamos. Aquí nos gusta lo cárdeno, los grises, como se suelen conocer a los astados de la casa, pese a ello también hay algún berrendo que le da un toque distinto a una ganadería que cuidamos como lo que es, un tesoro genético de incalculable valor”, nos explicaba su ganadero.

Se trata de una vacada medida, un hierro con un número de animales limitado: “Tenemos actualmente 80 hembras reproductoras Nos cuesta crecer, no sé si es que exigimos mucho” nos explicaba con media sonrisa. “Este año ha sido muy desigual, nos han nacido 41 machos y 18 hembras. Me hubiera gustado al revés porque me gustaría llegar a 100 vacas, pero bueno, habrá que esperar a que cambie la tendencia. La genética es muy caprichosa”. Y añade: «Los ganaderos modestos somos los que soportamos la Fiesta; el festejo popular no es nuestra salvación, sino al al revés. Somos ganaderos auténticos».

Para 2025 Tomás Martínez tiene una veintena de erales para festejos sin caballos y cuatro utreros, animales que todavía no tienen un destino fijo: “Voy a guardar algunos erales, y luego no sé si lidiaré los utreros en la plaza, que es lo ideal” nos explicaba para cerrar la entrevista.

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FOTOGALERÍA: PABLO RAMOS