AL NATURAL

Los que se juegan la vida y los que dicen que lo hacen


lunes 17 junio, 2024

Hay muchos profesionales que se juegan la vida diariamente en su oficio, pero la realidad ni se acerca al dramatismo de Ureña en Las Ventas

Ureña Desmadejado (1)
Tremenda imagen de Ureña, desmadejado tras la cogida © Luis Sánchez Olmedo

Fue tan crudo, tan real, tan dramático y tan intenso que no me lo he podido quitar de la cabeza en toda la noche. Esa cara de inmenso dolor de Paco mientras trataba de sujetar la muleta -¡y lo conseguía!- con la clavícula rota y desplazada, mientras trazaba naturales como podía delante del colorao de Jandilla, sabiendo que sólo de esa forma se iría a gusto al hospital -donde ya sabía que pasaría la noche-. Sólo levantándose y volviendo a la cara, a ofrecerle otra vez al toro la ocasión de partirlo en dos, se habría sentido torero Paco Ureña. De otra forma, no. ¿Cómo vamos a querer que no prohíban los toros los que no son capaces de entender esa máxima?

Eso lo hemos visto, últimamente, en muchas corridas de toros, pero no a todos ni en todas las ocasiones. Hay emociones, comportamientos y sensaciones que se llevan por dentro sin necesidad de blandirlos para conseguir una meta. Y hay toreros que, aún sin blandir sus dramas, tienen que aporrear cada año las puertas de los despachos por la fragilidad de la memoria de cuantos intervienen en una contratación. Tan es así, que hasta le quitamos importancia a estos hechos y los diferenciamos despectivamente del verbo torear. Como si torear no fuera también comportarse de esta forma.

Esta vez le tocó a Paco, una vez más. Porque esa cara de dolor eterno ya se la hemos visto antes en otros escenarios y otras guerras. Porque Paco ya le ha entregado al toreo mucho más de lo que el trato del toreo hacia él hubiese merecido. Como se lo ha entregado Fortes, como lo ha hecho Román o como lo hizo, en su día, David Mora, para que luego viniese el toreo a negarles el pan y la sal. Como si no fueran hijos del cuerpo o no tuviesen el cuerpo cosido a cornadas.

Es por todo ello por lo que planteaba yo en la crónica de ayer si merece la pena todo lo que estos hombres sacrifican por el toro. Por el toro, oiga, que a Ureña no le hace falta seguir pasando miedo ni entregando trocitos de su alma y de su cuerpo por una gloria que ya tiene. ¿No es demasiado el precio físico que se paga hoy para unir al psicológico del final de los inviernos, cuando no sabes si las ferias tendrán memoria? Y eso que este año sólo ha sido Pamplona la que se ha olvidado de su sacrificio allí mismo, donde ha sido capaz de salir en hombros con la de Escolar, que tiene dos tipos de ‘clientes’: los de siempre o los que se la ofrecen porque no los quieren poner en otra.

Esto que le ha pasado a Paco le ha pasado también a otros. Yo estaba presente aquella tarde en Zaragoza -con su noche correspondiente- en que no sabíamos si Juan José Padilla contaría lo del toro de Ana Romero. Y también lo estaba cuando, al día siguiente, en la rueda de prensa donde el equipo médico explicaba lo dramático de la cornada, un colega -de cuyo nombre no quiero acordarme- preguntaba si estaría recuperado para cumplir sus compromisos americanos. Aquello no sólo le quitaba mérito a la actitud de los toreros; también denostaba la humanidad de los que nos dedicamos a esto. Y Padilla se recuperó.

La diferencia entre ambos es que a Juan José lo apoderaba la Casa Matilla, y ganó más dinero tras la desgracia que antes de que acaeciera, y a Ureña lo apodera Juan Diego. Buena persona, el hombre, convencido -como yo- de la importancia del rito y de los valores, pero con la misma fuerza que yo a la hora de que lo tengan en cuenta en las ferias como condición sine qua non. Y, aún así, confía en la independencia porque confía en el toreo.

Buena respuesta le da el toreo para lo que él le ha entregado a lo largo de su vida…