EL EXILIO INTERIOR

El exilio republicano en México y los toros


jueves 9 diciembre, 2021

"Los toros son un espectáculo digno del mejor de los mundos comunistas", escribió Max Aub desde México.

Mexico Toros
La Plaza México.

El torero de estatura mediana, quieto, esperando /dándole a los brazos lo que es de los brazos: salida; a los puños lo que es de los vientos: gracia; a la cintura lo que es del agua: desliz; a las piernas lo que es de la piedra: quietud”

(Max Aub. “Campo cerrado”)

Por Paco March

Llegaban en estos días desde México noticias del enésimo intento de las huestes antitaurinas para prohibir los toros en la capital, pero, también de nuevo, no les ha quedado otra que echar la patita atrás. Hasta la próxima.

Distancia transoceánica entre México y España que, sin embargo, no impide -mal que le pese al populista López Obrador- una historia hermanada y, como tal, hecha de encuentros y desencuentros. Y de encuentros va esta pieza.

Una pieza que habla de aquel México que ya antes de acabar la Guerra Incivil fue patria de acogida con el presidente Lázaro Cárdenas como artífice, de tantos  y tantas –María Zambrano o María Teresa León…– exiliados republicanos españoles. Entre ellos, destacados intelectuales.

De entre estos, más de uno no sólo aficionado a los  toros sino con la tauromaquia presente en muchas de sus obras, no en vano varios de ellos se encuadraban en la Generación del 27, tan taurina (con excepciones notables como Luis Cernuda o Emilio Prados)

Y si José Bergamín o Rafael Alberti permanecieron en México durante algunos años o en distintas etapas, hubo otros que allí siguieron hasta su muerte: los citados Cernuda y Prados, León Felipe, Pedro Garfias, Max Aub… De estos tres últimos trato.

León Felipe, Pedro Garfias, Max Aub y los toros en México

León Felipe, poeta entre dos Generaciones, la del 98 y la del 27, zamorano de nacimiento, murió en Ciudad de México– ya vivió allí desde 1922 a 1936 y allí se casó- en 1968 , sin haber vuelto a pisar su tierra de origen. «Vine aquí casi como primer heraldo de este éxodo… Españoles del éxodo y el llanto, México os dará algún día una cama, como a mí«, proclamó.

León Felipe– que no tiene obra taurina conocida- siguió a su sobrino Carlos Arruza por los ruedos mexicanos, vivió de cerca su rivalidad con Manolete y renunció a un viaje final a España, a principios de los 60, cuando a falta de dos horas de partir el avión, con los billetes comprados por Arruza, le dijo, echado en su cama: «No me pienso levantar. Ya no me voy».  En México se quedó- alguna estatua a él dedicada se alza en los parques de las ciudad- el poeta que escribió:  «Ya no hay locos/ya no hay locos/ya no hay locos/en España ya no hay locos».

Pedro Garfias nació en Salamanca, vivió en Andalucía y murió en 1967 en Monterrey (México). Ya con una notoria trayectoria como poeta ligado al movimiento ultraísta y militante del PCE, acabada la Guerra y previo paso por un campo de concentración marchó a Inglaterra y desde allí, evacuado en un buque bajo bandera francesa, llegó a Veracruz (México). En su país de acogida siguió publicando poemarios y colaborando en distintos medios pero sumido en la tristeza y el olvido. Un olvido que para muchos rompió, aunque ya tarde para él, el cantante Víctor Manuel musicando su poema «Asturias» para hacerlo un himno: «Yo soy un hombre del sur/polvo, sol, fatiga y hambre«. Olvido del que también lo resarcen una estatua en Guadalajara (México), dos colegios en Sevilla y un barrio de Córdoba que llevan su nombre.

En la obra de Garfias, dispersa en ediciones mexicanas y españolas y compilada en  “Poesías y prosas taurinas (1997), aparecen dieciséis poemas y una cuarentena de textos taurinos publicados en distintas revistas mexicanas en vida del poeta, destacando “La ronda de los toreros muertos”.

Y Max Aub, de quien el próximo año se cumple medio siglo de su muerte,

De origen alemán, nació en París, vivió en España (se nacionalizó), murió en México (nacionalizado,  también). ¿Qué soy? ¿alemán, francés, español, mexicano? ¿qué soy?, se interrogaba, para responderse: ¿Qué soy?: nada.

De París a España, con once años, escapando de la I Guerra Mundial. Vivió en Madrid y Barcelona, durante la Guerra dirigió «La Verdad», periódico socialista. Su experiencia en la contienda está en las seis novelas  que agrupó bajo el título «El laberinto mágico», completo ejercicio de recuperación de la memoria histórica. Autor teatral, novelista, poeta, ensayista, Max Aub levantó acta y explicó el exilio republicano y, en él, su propia vivencia, esa que le llevaría a  un regreso efímero, en agosto de 1969 y por sólo tres meses. Al bajar del avión en el aeropuerto de El Prat, dijo: «He venido, pero no he vuelto«. En esos noventa días recorrió una España que ya no reconocía y en la que no se reconocía, entre el desengaño y el desencanto, como dejó patente en «La Gallina ciega. Diario español».

Pero en esa España, en esos días, también le dio tiempo para el reencuentro con viejos amigos y camaradas, como recuerda en el libro antes mencionado. Así, una día de octubre, fresco y nuboso,  en que Javier Pradera le recoge en Madrid para ir a San Rafael, a los toros. “Mal día para toros”.

Llegados al restaurante allí les esperan el cineasta Antxón Eceiza y el novelista Ignacio Aldecoa y el joven novillero sin caballos francés Roberto Piles (“fino, guapín, simpático, diecisiete años”, lo define), hijo de un banderillero exiliado, que torearía en un festejo organizado por Domingo Dominguín.

Más sobre Aub y los toros

Max Aub
Max Aub.

Escribe Aub:

“Sale el torillo de Roberto Piles. Torea con finura. Elegante, sabiendo lo que hace. Domingo le mira como si fuese su hijo, con cuidados maternales. Me brinda la muerte del toro.

-Dará mucha guerra- me dice Aldecoa.

¿Por qué no?. ¡Ojalá!. Sería magnífico que mis nietos pudieran decir:

-Roberto Piles le brindó uno de sus primeros novillos a mi abuelo.

¡Ojalá”. Saber, sabe. Pero los toros no son como la literatura, donde al fin y al cabo sólo se torea de salón.”

Más adelante, Aub reflexiona sobre el antitaurinismo de la Generación del 98 «supongo que los toros sólo le gustaron a Manolo Machado…». «la generación inmediatamente posterior ya es otra cosa… ya nuestra generación da la cara por la tauromaquia sin confundirla con la fiesta nacional. Cossío, Bergamín, Alberti, Federico…a todos nos gustaban los toros y lo hicimos patente».

Conversando con Aldecoa a propósito de Domingo Dominguín, Aub escribe: «¡Pobre Domingo, con su marxismo a cuestas y empresario de toros!. Ni a Marx ni a Lenin se les ocurrió tratar del caso… En la Rusia de los zares no había corridas de toros y sí aquí con los Felipes, porque había toros de lidia y allí no. Que el pueblo tenga derecho a las mismas diversiones que la nobleza, no hay duda. Y en la URRSS se caza… Bien vistas las cosas creo que los toros son un espectáculo digno del mejor de los mundos comunistas«.

Y, después de una tarde en Vista Alegre- otra vez con Aldecoa y Eceiza, en un burladero de callejón, con Domingo como anfitrión- , concluye: “Los varones de corazón sensible que piden que desaparezcan las corridas de toros para demostrar el adelanto de la cultura no saben de lo que están hablando. Que no les guste el espectáculo no prueba más que una falla de su inteligencia, de una parte de su cerebro. No me gustan las matemáticas- no las entiendo, no por eso pido que supriman su enseñanza”.

Españoles, republicanos, socialistas, comunistas, hombres y mujeres que buscaron cobijo en una patria que no era la suya pero lo fue para siempre. Y, además, taurinos.

Por ellos y ellas, alzo mi vaso de tequila y brindo: ¡Viva México, cabrones!