Victorino y Adolfo, la historia de una rivalidad: así se sacudió el sobrino la sombra alargada del tío

REPORTAJE

Victorino y Adolfo, la historia de una rivalidad: así se sacudió el sobrino la sombra alargada del tío


jueves 3 noviembre, 2022

Hoy, Adolfo y Victorino mantienen en la mente de cualquier aficionado aquel encaste Albaserrada que Escudero Calvo mandaba al matadero y compraron tan barato

Victorino Adolfo
Victorino y Adolfo Martín, en Las Ventas. © Plaza 1

Son dos de los ganaderos más importantes de este país; controvertidos, diferentes, maestros en el dominio del mensaje y en la reacción de su audiencia. Fue ese el gran secreto de aquel al que llamaron ‘Paleto’ porque la originalidad del inventor estaba a varios años luz del talento del de Galapagar. Dominar el mensaje. Dominar la reacción de su auditorio. Incluso si no estaba presente.

Victorino Martín Andrés trascendió a su profesión de tal manera que no sólo supo criar el toro que la fiesta necesitaba, sino que lo supo imponer a las figuras de la época. Porque tú podrás ser muy buen ganadero. El mejor, incluso. Pero si no eres capaz de poner tu pdroducto en los mejores escaparates seguirás siendo el mismo extraordinario ganadero que se come sus toros con patatas. Cualquiera es capaz de notar la diferencia.

Pero las primeras diferencias fueron de concepto y hace ya muchas décadas. Y sobre una vacada que procedía de dos hermanos. Marqués uno, de Albaserrada; conde el otro, de Santa Coloma. Había adquirido antigüedad en 1919 y las muertes de los propietarios facilitaron una venta que terminó por dejar el hierro en manos de Escudero Calvo Hermanos. Mansedumbre, violencia, remisión, desentendimiento. Todas cualidades inmejorables para mandar la vacada al matadero por falta de toreros que se pusieran delante.

Fue de allí de donde la rescataron los hermanos Martín -Victorino, Adolfo y Venancio- cuando los Escudero Calvo la habían dado por morucha sin importarles el goterón de Saltillo, la sangre Albaserrada, el origen Santa Coloma casi irreconocible en las características de la línea Ibarra que debía traer. Pero allí estaban todas. Y Victorino lo sabía. Pero la apuesta, culminada a mitad de la década de los 60, cuando las figuras mandaban y preferían otro material, era tan arriesgada que Venancio no tardó en quedarse en el camino. Victorino y Adolfo se repartieron su parte; comenzaba ahí la historia de una rivalidad que ha engrandecido el toreo.

Victorino Fundacion
Victorino Martín hijo, en el callejón de Las Ventas. © Luis Sánchez Olmedo

Pronto separaron sus caminos; Victorino, de fácil discurso, trato llano y convicciones rayanas en la tozudez, buscó la chispa, el movimiento, la exigencia y la importancia, y lo seleccionó en aquella ganadería de rescoldos de clase que habían sobrevivido a la gran quema. Adolfo, de verborrea menos llamativa, fue buscando entre su parte la humillación, la entrega, la finura en las formas, la codicia en la intención. Pero ambos, sin diferencia, fueron llamando a voces a la bravura para que acudiese a su cercado. Sólo que Victorino llamó también a la prensa…

Fueron quince años llamando a las puertas de los carteles, lidiando como se podía y dejando siempre, eso sí, el sello de la distinción; porque aquello podía embestir o no, pero allí nadie permanecía indiferente. Y un día, casi sin que nadie lo viese venir llegó la televisión para trasladar a millones de hogares en España y en el mundo aquella que se bautizó como la Corrida del Siglo. Luego llegarían más tardes de gloria, el indulto de Velador -sin que Ortega Cano pasease trofeo alguno-, las encerronas con esos toros de Ruiz Miguel, de Capea, de Roberto Domínguez, de Manuel Caballero Victorino marcaba el ritmo del toreo.

Adolfo Martin
Adolfo Martín, la pasada Feria de San Isidro. © Luis Sánchez Olmedo

Mientras tanto, y por vías muy distintas, Adolfo, ya el hijo del primigenio -el actual- buscaba acusar las diferencias para sacudirse la sombra de su tío, aquel paleto más listo que el hambre por quien había sufrido el ostracismo y de quien -sin embargo- había aprendido tanto a la hora de vender el producto. Este Adolfo no era su padre. Este sabía que la principal virtud de su tío había sido llegar al que pagaba la entrada, explicar el comportamiento del toro y darlo por bueno aunque no fuera exactamente el que buscaba. Hasta que lo encontró. Con aquella corrida en Madrid del año 98 en que el hierro de la V dejó de ser un sucedáneo del de la A coronada, una fina ironía del destino que intercambiaba las iniciales de tío y sobrino en los hierros de sus vacadas.

Caminos separados han llevado siempre Victorino y Adolfo. Un mismo acierto en el éxito y un método similar para distinguirse de los lazos familiares que aún permanecen en las dos ganaderías -que siempre compartirán el origen-. Y todo partió de aquel momento en que Victorino, que ya estaba en Madrid, vio cómo el mensaje de su sobrino calaba de igual forma en esa afición que encumbraría a dos rivales que jamás dejarán de ser competencia. Porque eso engrandece la evolución del toro.